jueves, 10 de octubre de 2013

El Nuevo Nacimiento: ¿Se trata de la conversión o del Reino de Dios?


D.L. Moody e Ira Sankey, en la celebración de una reunión de avivamiento, en Boston, Massachusetts, en 1877.
 
“Oh, no dejes que la palabra salga y cierres tus ojos contra la luz; Pobres pecadores, no endurezcáis vuestros corazones, ¡sed salvos, esta noche! Oh, ¿por qué no esta noche, esta noche? Oh, ¿por qué no, oh, por qué no esta noche? ¿Quieres ser salvo? Entonces ¿por qué no, oh, por qué no, esta noche?”
 
 
Durante cerca de 200 años, los Estados Unidos, y por lo tanto, el resto del mundo, ha escuchado un coro constante de peticiones para ser nacido de nuevo, para creer en Jesús y así ser salvo. No sólo D.L. Moody e Ira Sankey, sino cientos y finalmente miles de evangelistas de todas las denominaciones cristianas se han unido a este coro a fin de mantener avivamientos estallando uno tras otro desde la década de los 1830s.

 “¿Has nacido de nuevo? " Se ha convertido no sólo en la pregunta usual y estándar, sino también se ha convertido en el mensaje mismo del cristianismo evangélico. Sin embargo, tu forma de contestar dicha pregunta no constituye una gran diferencia, como podrías pensar. Si eres como la mayoría de los cristianos de hoy en día, tu respuesta sería incorrecta. Y la pregunta misma definitivamente es incorrecta. Jesús mismo nunca la preguntó.
"Nacer de nuevo " (¿De verdad me ha sucedido, o no?) No es algo que tú decidas. Si has nacido de nuevo, entonces has visto y has entrado en el Reino de Dios, por lo que tu vida será un testimonio constante visible del hecho. Si no es así, tú no has nacido de nuevo.
Un "nuevo nacimiento" estrictamente espiritual o invisible no puede existir. No pueden existir más que los seres humanos estrictamente espirituales e invisibles, estos si pueden existir. ¿Te la pasas verificando que tus hijos de verdad hayan nacido? ¿O te la pasas verificando que tus hijos hayan nacido “totalmente” o que hayan nacido en la forma correcta? Si tus hijos se meten en algún problema, o si se enferman, o si se caen en algún charco y se rasgan la ropa, ¿Procedes a pedirles su acta de nacimiento con un tono grave y serio? ¿O procedes a preguntarles qué fue exactamente lo que sintieron durante el parto, y qué otras pruebas te pueden dar de haber conseguido el nacer en absoluto? ¿Los llevas al médico para verificar su nacimiento con toda seguridad? Por supuesto que no. Y tampoco lo hace Dios.
Si tus hijos nacieron, nacieron. Nunca tienes que pensarlo o discutir sobre eso de nuevo, ya que su nacimiento es evidente. Más bien te centras en mantenerlos sanos, creciendo, aprendiendo, activos, y vivos. Lo mismo hace Dios.
Os es necesario nacer de nuevo. . . ."
Sólo la minoría más pequeña de todos los cristianos, sólo una de cada mil, o quizás uno de cada millón, se ha tomado la molestia de buscar estas palabras de Jesús y descubrir, a partir de Su misma conversación con Nicodemo, de qué estaba Él hablando. Para el resto de los cristianos de hoy en día, ser nacido de nuevo ha venido a significar nada menos y nada más que la experiencia impresionante, su "crisis de conversión," en la cual se encontraron con la misericordia de Dios por primera vez.
Generalmente sucede algo más o menos así: El borracho, el fornicario, el ladrón, el miserable pecador suicida, o el orgulloso fariseo vacío, llega a un punto en el que se derrite espiritual y emocionalmente. El peso de su propia culpa pesa tan fuertemente sobre su alma, que su vida comienza a desmoronarse y a romperse. Entonces, tal vez a través de alguna intensa predicación de fuego, algún llamado al altar, algún gran himno, o simplemente debido a una reflexión tenida durante un tranquilo paseo por el bosque, el pecador llega a un punto donde se siente abrumado con una compulsión interna de estar bien con Dios y de ponerse a cuentas con Él. El Espíritu de Dios le habla. Él escucha (o tal vez sólo recuerda) la invitación de Cristo a venir a Él si uno está trabajado y cargado, para recibir descanso para el alma. Con todo el peso de los pecados pasados inundando su mente, el penitente clama a Dios, suplicándole humildemente misericordia en el Nombre de Jesús, hasta que, de pronto, milagrosamente, gracias a la Sangre Preciosa que fluyó en la cruz del Calvario, él siente su culpabilidad expulsada, y sabe que sus pecados han sido borrados para ya no ser recordados más.
En ese momento, en lugar de la culpa aplastante, viene una muy grande oleada de gratitud a Dios por Su misericordia y por Su gracia. El increíblemente gran amor de Dios, tan energizante, tan estimulante, amenaza con abrumar al pecador recién convertido al punto de volverse loco de tanto gozo. El recién convertido ahora canta, llora y grita. Salta en el aire (o al menos se siente como si lo hiciera), y, si consigue el apoyo inmediato de muchos otros a los que la misma experiencia les esté sucediendo, el ambiente puede llegar a ser acusado de locura absoluta. Todo el mundo llorando, orando, confesándose sus faltas uno a otro, queriendo servir a Dios, viviendo un nuevo nivel de moralidad, exultantes de nueva libertad, de paz, de alegría, experimentando algo que no pudo haber ocurrido antes. . . Pero ya ha ocurrido antes.
A mí me pasó hace treinta y cuatro años (mientras pertenecía a una iglesia menonita ortodoxa de los que andan en carreta y caballo), y sé que le ha sucedido a la mayoría de ustedes.
Crisis de conversión. Conversiones en masa. Las conversiones grandes, los avivamientos y renacimientos, en donde miles y miles caen llorando sobre sus rostros, y son librados de sus pecados, se han venido celebrando desde hace siglos. Mientras que Estados Unidos y Europa, con todo el resto del "mundo cristiano" a cuestas, siguen dando brincos y cabriolas hacia el camino ancho de la apostasía y la ruina espiritual, sin haber perdido el ritmo ni por un momento.
Nacidos de nuevo, sin embargo, moviéndose rápidamente lejos de Dios y hacia el mundo. ¿Cómo puede ser eso? ¿Hay algún problema o algo equivocado? ¿Será que todavía necesitamos más y mejores avivamientos? ¿Necesitamos orar y suplicar y gritar y llorar y cantar aún más fuerte y más tiempo para que la gente logre nacer de nuevo en verdad?
No, no lo necesitamos. Tenemos que volver en nosotros mismos y darnos cuenta de que durante doscientos años hemos confundido las crisis de conversión con el nuevo nacimiento. Nos hemos concentrado en la conversión como un fin en sí mismo, como el objetivo de todo lo que hacemos y por lo cual trabajamos, pero al hacerlo, casi hemos borrado al verdadero cristianismo, al Evangelio de Jesús, de sobre  la faz de la tierra.
Un cristianismo que consiste sólo en gente centrada en las crisis de conversión, un cristianismo que no va más allá de continuamente arrepentirse y creer y ser libertados de sus pecados, es por naturaleza débil, endeble , y es categóricamente incapaz de dirigirse en alguna dirección constante , y mucho menos en alguna buena dirección, de una generación a la siguiente.
El cristianismo centrado en la conversión cae pronto en luchas de poder mezquinas, en falsas doctrinas y falsas profecías, en disputas y enredos doctrinales, en un gran entusiasmo misionero que sólo hace retoñar y brotar grandes cultivos de cizaña en vez de trigo, y que finalmente provoca el naufragio de la fe verdadera y una apostasía generalizada, en no muchos años.
Así que, ¿cuál es la alternativa? ¿Dónde está la mejor manera?
Podemos encontrar el Camino si nos dirigimos al Evangelio de Jesús, a Juan, capítulo tres, para escuchar lo que realmente dijo Él. Jesús dijo allí que tenemos que nacer nuevo para VER:
EL REINO DE DIOS
¿Lo has visto?
¿Me lo podrías describir?
Nada me asusta más que el hecho de que, de prácticamente todos los creyentes nacidos de nuevo que he conocido en los últimos treinta años, sólo la más pequeña de las pequeñas minorías tiene idea alguna concreta de lo que siquiera es el Reino de Dios. O al menos de cómo se vería el Reino de Dios si bajara del cielo a la tierra, tal como lo pedimos constantemente en el Padre Nuestro.
El evangelismo moderno se ha centrado tanto en las conversiones, que el NACER DE NUEVO se ha convertido en lo principal. Se ha convertido en la esencia de todo lo que predicamos o hacemos, mientras que la buena noticia del Reino de Dios se ha perdido por el camino. ¡Qué engaño tan horrible!
¡Qué terrible situación y estado de las cosas mientras estamos al borde de una catástrofe global, todo cayéndose a pedazos a nuestro alrededor! La iglesia reducida a nada más que una clínica de partos, que se mantiene trayendo almas a la vida espiritual, pero luego los deja varados directo en las aceras del mundo, en donde son completamente susceptibles de perderse.
¿Hay algo de malo en tener una experiencia de crisis de conversión?
Por supuesto que no. Muchos creyentes (en particular los que han vivido en pecado por mucho tiempo) han tenido tal clase de experiencia, pero no todos los hijos de Dios la han tenido. Al igual que en un sentido natural (nacimiento del agua), hay una gran variedad de nacimientos espirituales. Para algunos, ocurre muy fácil. Tan sutil como un silbido. Para otros, es una gran lucha de vida o muerte. El punto en el que nos podemos equivocar terriblemente mal es en constituir alguna forma especial de nacimiento, alguna experiencia especial de crisis de conversión, como una regla o estándar para toda la iglesia. ("O te conviertes gloriosamente y naces de nuevo, o no puedes estar aquí.”)
Centrarse en las crisis de conversión nos lleva a la tontería y el error del testimonio glorificado. En vez de predicar la cruz que debemos cargar, y en lugar de dar testimonio del Evangelio del Reino de Jesús, nos levantamos y contamos largos y sórdidos relatos, o escribimos libros enteros sobre las cosas horribles que hicimos y cómo fue que sorprendentemente fuimos rescatados de ellas.
Ninguno de los apóstoles (ni siquiera Pablo) lo hizo. Ninguna multitud necesita alimentar su apetito carnal por medio de oír hablar de toda esa suciedad y violencia, de todo lo que hayas hecho en estado de ebriedad, o de lo que hiciste o hurtaste cuando eras joven, escondiéndote en algún lugar de tu casa o de tu granja. Es una vergüenza, dijo Pablo, hablar de lo que se hace en secreto, y más bien, olvidando lo que queda atrás, hemos de seguir hacia adelante, hacia la meta de nuestra elevada vocación en Cristo, al premio del supremo llamamiento en Cristo Jesús.
Centrarse en las crisis de conversión convierte en héroes a los tipos realmente malos, a los drogadictos y motociclistas tatuados de cabello largo, que maravillosamente nacieron de nuevo, mientras que se margina y se resta importancia a la experiencia de aquellos que crecieron en hogares piadosos. Poner este énfasis en tener las historias más salvajes que contar, empuja a aquellos con experiencias menos que dramáticas a un segundo plano, o bien los orilla a compartir testimonios largos que son en gran parte falsos y/o exagerados.
Centrarse en las crisis de conversión alimenta el orgullo espiritual grandemente. El hermano o la hermana con la historia más dramática se pueden convertir en un gigante espiritual ante los demás, y dar por sentado que él o ella están espiritualmente muy por delante del resto. ¿Cuántos jóvenes nacidos de nuevo no hay que creen saber más que sus predicadores, que sus padres, o que las antiguas iglesias a las que pertenecen?
 Centrarse en las crisis de conversión hace que la gente se vuelva parcial en sus juicios y absolutamente imposible de tratar. Todo lo que necesita es que alguien susurre algo, o que surja alguna duda sobre la experiencia de alguna otra persona (“tal vez él ni siquiera es nacido de nuevo....) y se levantarán los más grandes muros de prejuicios, desconfianza y traición. Las familias y las iglesias se derrumbarán. Vienen luego los círculos viciosos de la denuncia y las acusaciones que ponen a todos con un humor apocalíptico. (“¿Cómo puede este pobre joven seguir viviendo en su casa si él sabe en su corazón que mamá y papá no han nacido de nuevo?”)
Centrarse en las crisis de conversión hace que la gente rápidamente se vuelva egoísta y mundana. Sin saber nada absolutamente acerca del reino de Dios, sin haber visto el reino de Dios demostrado (vivido) en las vidas de los demás, ni haber escuchado predicar siquiera un sermón acerca del Reino de Dios, la gente llega a creer que ser cristiano consiste en lograr la experiencia del nuevo nacimiento y en lograr que muchos otros más nazcan de nuevo también. Ser un buen misionero es todo lo que importa, pero vivir al estilo del mundo (en el pensar, el hablar, el vestir, el comer, el entretenimiento, y lo demás) y sin tomar en cuenta las leyes de Cristo del Reino de Dios (expresadas en el Sermón del Monte y en otras partes del Nuevo Testamento), no importa, en sus mentes, en absoluto.
Centrarse en las crisis de conversión distorsiona todas las enseñanzas de Jesús, trastorna Su Verdadero Evangelio (el Evangelio del Reino), y siempre se traduce, tarde o temprano, en carnalidad, sólo que diferente a la que se tenía antes de nacer de nuevo. (Por poner sólo un ejemplo: tal vez ya no es el tipo motociclista tatuado, pero ahora es un tipo orgulloso y engreído que aspira a ser predicador, o alguna situación semejante o incluso peor.)
¿Quién, o qué, te redimirá de eso?
Tienes que cambiar tu enfoque. Como Nicodemo, tienes que venir a Jesús mismo y aprender de Él lo que en verdad significa nacer de nuevo para poder ver el Reino de Dios. Entonces verás toda la vida: la vida humana, la vegetal, la animal, en cada uno de sus aspectos: social, económico, espiritual, físico y eterno, bajo una luz totalmente nueva y poco común, antes desconocida para ti. De pronto, lo que estaba abajo irá hacia arriba, lo que estaba arriba se irá hacia abajo… Porque ver el Reino de Dios es ver a Jesús. Sin una experiencia gloriosa, sin crisis de conversión sobre la cual hablar durante el resto de tu vida, pero verás al Supremamente Glorioso Hijo de Dios, resplandeciente, vestido con Su ropa teñida en Sangre, conquistando el Universo completo, ahora mismo. Como verdadero nacido de nuevo, verás mucho más allá de este mundo y de lo que te puede ofrecer, verás mucho más allá de este planeta con todos sus problemas, hacia mundos muy lejanos, hacia un cielo nuevo y una tierra nueva, en donde mora la justicia.
Entonces tendrás algo mucho mejor y más valioso que un entretenimiento barato como este:
 

Entonces, después de haber vislumbrado, no a cualquier gran evangelista, sino a Jesús mismo y a Su reino, quedarás transfigurado permanentemente, quedarás transformado, no sólo de la inmoralidad a la moralidad, sino de las tinieblas al reino del Amado Hijo de Dios. Otra vida, totalmente nueva, la vida eterna, comenzará para ti en la comunidad del Reino de Cristo sobre esta Tierra.
¿Me permites hacer una profecía?
Ustedes, todos los nacidos de nuevo quienquiera que sean: o  superan su enfoque en las crisis de conversión para redescubrir al Reino de Dios, o ustedes junto con sus familias e iglesias nacidas de nuevo, muy pronto terminarán exactamente en donde la multitud de Boston de respetables hombres de negocios con sombreros lujosos seguidores de D.L. Moody y de Ira Sankey terminó hace un siglo. Sólo el tiempo (o el fin de los tiempos) lo revelará todo.
-Peter Hoover (Traducido y adaptado por Josué Moreno)
 

Sugerencia y nota aclaratoria del traductor:
1) Para saber en dónde terminaron aquellos hombres de negocios del tiempo de Moody, basta con leer algo de historia de la Iglesia de aquel tiempo y observar que, dichos conversos de Moody no solamente  no guardaban los principios del reino de Dios (como el amor a los enemigos, el no jurar, el no acumular tesoros sobre la tierra, el vestir decoroso y pudoroso, etcétera.) sino que de toda esa multitud, muchos de hecho dejaron siquiera de congregarse en algún tipo de iglesia cristiana, o se convirtieron en simplemente cristianos “calentabancas,” y, al indagar más de cerca, se verá que ocurrió exactamente lo mismo con los cnvertidos bajo prácticamente los cuatro “grandes despertamientos” sucedidos en los Estados Unidos, (siendo quizás una pequeña excepción el avivamiento de tiempos de Finney). Sin embargo, como lo dice el autor, solamente el fin de los tiempos lo revelará todo, incluso las intenciones del corazón.
2) Para conocer y entender, al menos en parte y a manera de introducción, a qué se refiere el autor del presente artículo cuando habla del Reino de Dios, recomiendo ampliamente leer todo el libro “El Reino que trastornó al mundo,” del autor David Bercot, editado y distribuido por la Publicadora lámpara y Luz, así como el artículo “Los Dos Reinos,” de Rodney Q. Mast. Y a quien se interese más, recomiendo el libro “El Secreto de la Fuerza,” de Peter Hoover. Todo el material que estoy recomendando está disponible de manera completamente gratuita, para leer en línea, descargar y/o imprimir en formato PDF (o Word, si se convierte a dicho formato) en este blog.