sábado, 23 de agosto de 2014

Isaac—el hijo de la promesa



“Por la fe Isaac”
“Por la fe bendijo Isaac a Jacob y a Esaú respecto a cosas venideras.” (Hebreos 11:20).

El escritor de Hebreos 11 nombra las tres generaciones que siguieron a Abraham en rápido orden. Abraham recibió una docena de versículos de atención; su hijo, su nieto y su bisnieto recibieron uno. ¿Significa esto que ellos fueron poco importantes?

Conocemos que Abraham fue un hombre de distinción porque él engendró una nación. Su obediente fe lo llevó a una nueva tierra y a nuevas circunstancias. Dios le dio particulares promesas sobre su familia para las generaciones que venían. Por ese tiempo Isaac, Jacob y José llegaron en la escena, el plan de Dios para la familia de Abraham era bien conocido. ¿Significo esto entonces que tendrían vidas sin dificultades, siguiendo la senda especificada como robots? ¿Hallaron en cierta manera el camino allanado, que no tenían necesidad de hacer duras decisiones o enfrentar nuevos peligros?

Una lectura cuidadosa y considerada nos dice que a pesar del trayecto puesto ante ellos, todavía lo tenían que caminar. Tenían que hacer caso a los mismos principios que llevaron a su padre Abraham a un buen final. Abraham no podía tomar esas decisiones por ellos, la responsabilidad descansaba en ellos.

Sabemos que los registros de Isaac y de Jacob tienen manchas. La Biblia no oculta ese hecho. Ellos se equivocaron a lo largo del camino, y sufrieron por ello también, pero la buena noticia es que, al final de sus vidas, ellos estaban haciendo las cosas correctas. Ellos fueron conducidos al círculo de vencedores junto con los que habían navegado a través de mares más turbulentos.

Muchos de nosotros podemos identificarnos con Isaac y Jacob un poco mejor que con Abraham, porque nos podemos relacionar con sus luchas. Ellos enfrentaron problemas personales e interpersonales. Ellos tenían que tratar con la clase de asuntos que los cristianos enfrentan hoy en la vida diaria.

Así que Isaac y Jacob pueden enseñarnos lecciones valiosas. Aquellos de nosotros cuyas vidas parecen una rutina, nunca deben olvidarse que siguiendo y terminando una ruta trazada es igual de necesario como el trazarla. Isaac y Jacob tenían que seguir y terminar por si mismos lo que su padre Abraham había empezado.

Al igual que con todas las generaciones, debemos decidir a quién vamos a seguir y a quien vamos a servir. Debemos vivir con las consecuencias de aquellas decisiones. El hecho de que otras personas se verán afectadas por nuestro rumbo, debería darnos convicción (y aliento) a vivir nuestra fe  para nuestro propio bien y por el suyo.

¿Es esta la verdadera convicción que está manejando mi vida, mis diarias decisiones y mis motivos interiores? ¿Tengo el compromiso de fe para cooperar con Dios, con mis padres piadosos y con mis fieles líderes de Iglesia? ¿Podrán aquellos que me siguen y me miran hallar más fácil el caminar por fe, por mi ejemplo? El registro de Isaac debería inspirarnos a una vida de tal fidelidad.

“Isaac…dijo: Padre mío”
“Entonces habló Isaac a Abraham su padre, y dijo: Padre mío. Y él respondió: Heme aquí, mi hijo. Y él dijo: He aquí el fuego y la leña; más ¿Dónde está el cordero para el holocausto? Y respondió Abraham: Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío. E iban juntos.”       (Génesis 22:7, 8).

Abraham había soportado muchas tormentas. Él había vivido una cercana comunicación con su amigo, Dios. Dios había dicho, “Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él.”(Génesis 18:19).

Abraham sabía lo que quería en la vida. Él sabía lo que Dios quería para las generaciones que vendrían. Y podemos estar seguros que él transmitió esto a Isaac, el hijo que preservaría la línea de la fe. Isaac tuvo que haber sabido que esto era la carga profunda de Abraham para él.

A algunas personas les gusta un trayecto despejado y bien marcado. Muchos, sin embargo, piensan que deben trazar su propio trayecto para probar su propia determinación. Seguir a otros los hace sentir insignificantes. Si Isaac hubiera tenido alguna vez tales pensamientos, ¿Cómo los hubiera enfrentado? Sin duda él, como cualquier otro, descubrió pruebas del corazón y decisiones de cambio de vida que nadie más pudo hacer.

Dos incidentes en la vida de Isaac describen bien su actitud. Él lo demostró primero en el Monte Moriah y después en obtener una esposa.

Dios le dijo a Abraham que ofreciera a Isaac en un altar en el Monte Moriah. Usualmente vemos esta historia a través de los ojos de Abraham. Pero veámoslo como Isaac lo enfrentó. Para este tiempo Isaac  no era un niño. Que el cargara la leña sugiere que él era más fuerte que su padre. Él pudo haber escapado. Pero él escogió dejar que su padre le atara y le pusiera en el altar.

Isaac escogió cooperar. Es cierto, la importancia de la prueba no cayó en Isaac tanto como en Abraham. Sin embargo él estaba poniendo a prueba sí iba a dar su vida por amor a su padre. Su cooperación fue esencial. Isaac ayudó a su padre a pasar la prueba. Fue difícil para el padre ofrecer a su querido hijo y hubiera sido más difícil todavía si su hijo se había resistido. ¿Debe Isaac recibir menos crédito por cooperar dado que él no decidió la situación? ¿Nos impresiona menos porque jugó un papel más pasivo? De ningún modo. En todo caso, deberíamos admirarle más por hacer su sacrificio en lo oculto en vez de hacerlo en público.

La fe de Isaac unió las generaciones juntas.  Dos veces leemos en Génesis 22 que el padre y el hijo “fueron ambos juntos.”Ellos hicieron esto no solo en una forma física sino también en alma y corazón. ¡Que maravilloso cuando las generaciones van, unidas y entretejidas en fe!

¿Eres tu un padre o una madre? Por la gracia de Dios, ocupa tu lugar pasando la fe a los hijos que Dios te ha dado. Ningún legado o herencia tiene algún valor verdadero si esta herencia está perdida. ¿Eres tu un hijo o una hija de padres cristianos? Atesora tu invaluable herencia. Por la gracia de Dios, escoge cooperar con las convicciones de tus padres. Edifica sobre el fundamento sólido que ellos han puesto para ti. ¿Te has convertido al Señor sin tener la bendición de tus padres? Por la gracia de Dios escoge identificarte completamente con los principios de justicia y con el pueblo de Dios. Puedes convertirte en el vínculo en la herencia de la fe de la misma manera como cualquier otra persona.

“Isaac, salió a meditar”
“Y había salido Isaac a meditar al campo, a la hora de la tarde; y alzando sus ojos miró, y he aquí los camellos que venían. Rebeca también alzó sus ojos, y vio a Isaac, y descendió del camello;… Y la trajo Isaac a la tienda de su madre Sara, y tomó a Rebeca por mujer, y la amó; y se consoló Isaac después de la muerte de su madre.” (Génesis 24:63, 64, 67).

Isaac había demostrado bien, una fe cooperativa en el monte Moriah. El segundo paso importante en la vida de Isaac era conseguir una esposa. Él y su padre estaban morando en tierra ajena. Abraham no quería que su hijo se casara con una hija de aquella tierra. Él quería que él tuviera una esposa que le ayudara a llevar la fe. Él tomó medidas definitivas para proveer una buena esposa para su hijo.

Nosotros asumimos que este método simplemente reflejó la cultura local. Él padre escogió a la novia, y el hijo no tuvo elección. Tal acuerdo no produciría necesariamente un hijo que esperaría pacientemente como lo hizo Isaac. Tampoco haría que un hombre ame a la mujer que se le dio. Nadie le obligó a estar feliz  acerca de ella.

Pero cuando el siervo trajo a Rebeca a casa, a Isaac (la hermosa historia es contada en Génesis 24), él “tomó a Rebeca por mujer, y la amó.” ¡Él colaboró con su padre, y al parecer él estaba contento con su novia elegida! Él corazón de Isaac estaba en sintonía con la voluntad de su padre.

¿Cuál fue la clave de la cooperación gozosa de Isaac? Al menos parte de la respuesta está en las palabras “Y había salido Isaac a meditar al campo, a la hora de la tarde.” Las escrituras no revelan el contenido de aquellas meditaciones. ¿Estaba el meditando en las cosas que había aprendido acerca de Dios, de su padre Abraham? Probablemente. ¿Estaba contemplando el inexplorado futuro con una esposa aún desconocida? Muy probable.

Nosotros también enfrentamos circunstancias que prueban la harmonía de nuestros corazones con la voluntad de nuestro Padre Celestial. Dios podría llamarte a renunciar a un estilo de vida confortable para servir en su obra cerca o lejos. Él podría arrebatar de tu pecho a un compañero querido. Él podría llevarte en el sombrío valle de la angustia o aflicción. Apreciados planes pueden chocar a tus pies. Anhelos insatisfechos pueden frustrar tu corazón.

Un corazón en sintonía con el Padre Celestial siempre encuentra gozo y contentamiento en la voluntad del Padre. El secreto no es que el Padre abastece los deseos de los fieles, sino que los fieles consagran sus deseos a Él.

“Isaac, volvió a abrir los pozos”
“Y volvió a abrir Isaac los pozos de agua que habían abierto en los días de Abraham su padre, y que los filisteos habían cegado después de la muerte de Abraham; y los llamó por los nombres que su padre los había llamado.” (Génesis 26:18).

“Después hubo hambre en la tierra” (Génesis 26:1). Isaac se fue a la tierra de Gerar. Parece que él se dirigía a Egipto, como su padre había hecho durante una hambruna anterior. Pero Dios dijo: “No desciendas a Egipto; habita en la tierra que yo te diré. Habita como forastero en esta tierra.” Varios versículos después, leemos, “Habito, pues, Isaac en Gerar.” Él tranquilamente obedeció.

En algún momento Isaac se convirtió en un gran hombre en Gerar. Tuvo rebaños, manadas, siervos y grandes posesiones; y el pueblo de la tierra se puso envidioso. Finalmente el rey le dijo: “Apártate de nosotros, porque mucho más poderoso que nosotros te has hecho”. Dado que Isaac era más poderoso; él pudo haber dicho: “¿Yo me voy? ¿Por qué no te vas tú?” Pero no lo hizo. Isaac tranquilamente se trasladó.

Una de las razones del éxito de Isaac era que él había abierto los pozos de su padre, que los filisteos habían llenado de tierra. Los pozos proporcionaron a sus animales agua, una comodidad escasa, tal como lo es hoy en Palestina. Isaac dejó esos pozos atrás y abrió más pozos que su padre había cavado. Nuevamente, encontró aguas vivas. Pero los pastores de Gerar “riñeron” con los pastores de Isaac y reclamaron esos pozos también. Por lo que Isaac hizo que sus siervos cavaran otros pozos.

Esto pasó una y otra vez. En vez de reñir, pelear, y reclamar sus propios derechos, Isaac y sus hombres se mudaban. Finalmente cavaron un pozo hasta quedar en paz. Isaac nombró el lugar Rehobot en honor al Señor.

Dios bendijo a Isaac en dos maneras significativas. La misma noche que el pozo de Rehobot fue cavado, Dios se le apareció a Isaac y reconfirmó el pacto prometido a él. Y poco después, Abimelec vino a Isaac. Los filisteos reconocieron la presencia de Dios con Isaac, y quisieron hacer un pacto de paz con él. De hecho, el Señor había hecho espacio para ellos.

Esta situación plantea algunas preguntas para nosotros. ¿Cómo respondemos bajo la prueba—especialmente cuando el poder y la ventaja están de nuestro lado? ¿Podemos tranquilamente alejarnos y sufrir la pérdida por causa de la paz? ¿Podemos estar satisfechos con la manera en que Dios obra las cosas a Su debido tiempo? ¿Reconocen los “Filisteos” entre los que vivimos, el poder y la presencia de Dios, obrando en nuestras vidas? ¡Si Isaac, un santo del Antiguo Testamento, podía ser un hombre amante de la paz, seguramente nosotros, creyentes del Nuevo Testamento que están llenos del Espíritu Santo, podemos caminar el camino de la paz!

“Isaac amó a Esaú”
“Y le respondió Jehová [a Rebeca]…el mayor servirá al menor… Y crecieron los niños, y Esaú fue diestro en la caza, hombre de campo; pero Jacob era varón quieto, que habitaba en tiendas. Y amó Isaac a Esaú, porque comía de su caza, mas Rebeca amaba a Jacob.” (Génesis 25:23, 27, 28).

Isaac no tenía hijos porque Rebeca era estéril; peo finalmente Dios honró la petición de Isaac por hijos. Dios le dijo a Rebeca que ella tendría gemelos y que el mayor serviría al menor. Sin duda Isaac sabía muy bien lo que Dios había dicho. De ahí viene la historia.

Esaú era el mayor y Jacob el menor. Esaú era diestro cazador, que recorría los campos; Jacob era un pastor. Isaac amó a Esaú, pero Rebeca prefirió a Jacob.

¿Por qué Isaac amaba a Esaú? Todo lo que leemos es que Isaac comía de la caza de Esaú. Lo que su estómago prefirió parece haber determinado lo que su corazón decidió. ¡Vaya razón para volverse parcial!

Cuando Isaac era viejo y casi ciego, decidió que era tiempo de pasar la bendición de la familia. Decidió dársela a Esaú, el mayor. Esto era acorde a una costumbre común. Pero, primero, él quería otra comida de la caza que amaba tan entrañablemente. Entonces bendeciría a Esaú.

Nos preguntamos: ¿Acaso Isaac olvidó la Palabra de Dios sobre quién serviría a quién? ¿Acaso eludió tal mandato deliberadamente en favor de su apetito carnal? ¿Por qué se precipitó contra la profecía y la dirección divinas? ¿No podría ver que las inclinaciones de Esaú no eran hacia Dios? No lo sabemos.

Sabemos que Dios no permitió que la debilidad de Isaac frustrara Sus propósitos. Y sabemos que Isaac nuevamente respondió en fe cooperando con esos propósitos. Una sensación de consuelo nos viene a través de todo esto, no sólo por el bien de Isaac sino también por el nuestro. Dios puede hacer caso omiso de las vacilaciones de los hombres, por el bien de Su propia causa.

La gente compromete la fe aún hoy día. Podríamos hacerlo como Isaac, por amor a la comida o por algún otro apetito de la carne. Podríamos tratar de satisfacer a la carne y aún de alguna manera esperar satisfacer a Dios. Podríamos transigir con tal de ser aceptados por otros y evitar el conflicto o la persecución. Podríamos transigir ajustando nuestro estándar de conducta o vestimenta para conformarnos al mundo. Podríamos transigir simplemente por no entrar en una relación más profunda y plena con el Señor.

Tales compromisos de la verdad nunca mejoran el asunto. El estrés en la familia de Isaac que resultó de este episodio, fue un alto precio a pagar por haber comprometido la fe. Con demasiada frecuencia, una fe comprometida degenera en una fe muerta; que muy rara vez es rescatada a convertirse en una fe resucitada.

“Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado. Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; pero no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron.” (Hebreos 4:1, 2).


“Por la fe bendijo Isaac a Jacob”
“Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.” (2 Timoteo 4:6-8).

Estamos agradecidos de que no necesitamos dejar a Isaac habiendo comprometido la fe. El registro de su vida nos muestra que él salió bien al final. La forma en que la Biblia usa la frase: “El Dios de Abraham, de Isaac y Jacob” tiene un sonido tranquilizador en cuanto a todo  esto. A Isaac le es dado un lugar digno en el linaje de la fe.

Si, Isaac había tropezado. Había intentado bendecir a Esaú. Y así como pasó, bendijo a Jacob sin darse cuenta de todos modos. Poco después, Esaú regresó del campo. Y no le llevó mucho tiempo el descubrir que su hermano ya había recibido la bendición. “…Clamó con una muy grande y muy amarga exclamación, y le dijo: Bendíceme también a mí, padre mío”.

Pero Isaac no lo haría. ¿Acaso era que no podía? o ¿Se daba cuenta de que había estado resistiendo el decreto divino? Quizás por primera vez, se mantuvo firme en contra de su hijo favorito.

Esaú aparentemente pensó que podía vender su primogenitura por un plato de lentejas y aún así obtener la bendición cuando quisiera. Esta vez no funcionó, porque el resultado de su primera acción lo persiguió. Hebreos 12:17 establece claramente: “Porque ya sabéis que aun después, deseando [Esaú] heredar bendición, fue desechado”. ¿Quién lo rechazó? Su padre Isaac, quien quizás lo había atendido previamente.

Este fue el momento noble de la vida de Isaac. Esta es la credencial específicamente mencionada en Hebreos 11 que lo cualificó para unirse a la gran nube de testigos. “Por la fe bendijo Isaac a Jacob y a Esaú respecto a cosas venideras”. Cierto, terminó dándole a Esaú una bendición paternal limitada, pero se negó a quitarle a Jacob la bendición para tratar de dársela en su lugar a Esaú. Pueda ser que eso muestre que ahora Isaac se mantuvo en el plan de Dios.

Posteriormente, Isaac bendijo a Jacob en una conmovedora manera cuando le envió a Padan-aram para encontrar esposa. Isaac estaba preocupado de que Jacob se casara con una de las hijas de Canaán, tal como lo había hecho Esaú. Esta vez, no engañado ni burlado, dijo: “Y el Dios Omnipotente te bendiga, y te haga fructificar y te multiplique, hasta llegar a ser multitud de pueblos; Y te dé la bendición de Abraham, y a tu descendencia contigo, para que heredes la tierra en que moras, que Dios dio a Abraham. Así envió Isaac a Jacob…” (Génesis 28:3-5).
Aunque la fe de Isaac no conquistó reinos ni trazó nuevos cursos, y aunque Isaac tropezó en el hogar, su cierre resplandeciente nos deja un reto a nosotros.

¿He puesto, por la fe, mi mano en el arado? ¿Tengo, por fe, mis ojos puestos en el Señor Jesús y en la meta eterna? “Ninguno que poniendo su mano en el arado mira atrás, es apto para el reino de Dios”.(Lucas 9:62).


Por David G. Burkholder
Traducido por Marco A. Barajas.