jueves, 20 de noviembre de 2014

Apologético de Tertuliano


Los crímenes secretos atribuidos a los cristianos:
Dicen que somos los mayores de los criminales a causa del rito de infanticidio y del alimento que de él tomamos, y del in-cesto a que nos entregamos después del banquete, incesto que nos preparan, dicen, unos perros, verdaderos alcahuetes de las tinieblas, entrenados en derribar las luces para que por lo me-nos haya vergüenza en esas orgías impías.
Se dice, pero, a pesar de que hace tanto tiempo que se dice, nunca os habéis preocupado de comprobarlo. Pues bien, comprobadlo si lo creéis, o no lo creáis si no lo comprobáis. De vuestra negligencia en hacerlo se sigue contra vosotros que no existe aquello que ni vosotros mismos os atrevéis a comprobar. Muy distinta a la usual es la tarea que imponéis al verdugo en relación con los cristianos: no que digan lo que hacen, sino que nieguen lo que son.
El origen de esta escuela, como ya hemos hecho saber, se re-monta a Tiberio. La verdad nació unida al odio contra ella: así que apareció, fue una enemiga. Tiene tantos enemigos como extraños, y de modo especial, los judíos por animosidad, los soldados por la necesidad de exacciones, nuestros mismos parientes por naturaleza. Todos los días somos asediados, todos los días traicionados, y a menudo somos sorprendidos hasta en nuestras mismas reuniones y asambleas. ¿Quién, llegando así de improviso, ha oído nunca los lloros de un recién nacido? ¿Quién ha podido conservar para el juez los labios de estos cíclopes y de estas sirenas cubiertos de sangre como los encontró? ¿Quién, ni siquiera en su mujer, ha encontrado algún rastro inmundo? ¿Quién, habiendo descubierto unos crímenes tan graves, los ha cubierto o ha vendido su silencio, al mismo tiempo que arras traba a sus autores a los tribunales? Si siempre estamos escondidos ¿cuándo han salido a la luz los crímenes que cometemos?
Aún más, ¿quién los ha podido delatar? Los mismos culpables, seguro que no, ya que la regla de todos los misterios impone un secreto inviolable. Los misterios de Samotracia y de Eleusis callan; ¿cómo no callarán aun más los que al revelarse provocarían la venganza de los hombres mientras esperan la de Dios? Por tanto, si los cristianos no se han delatado a sí mismos es que los han delatado los extraños. Pero ¿cómo ha llegado a los extraños esta noticia, cuando las iniciaciones, incluidas las piadosas, alejan a los profanos y evitan los testigos, si no es que tal vez las que son impías tienen menos miedo?
Todos conocen la naturaleza de la fama. Esta frase es de uno de los vuestros: Ningún mal tan veloz como la fama. ¿Por qué es un mal la fama? ¿Porque es veloz, porque en todo se posa, porque es muy a menudo mentirosa? Hasta cuando aporta algo de verdad nunca es sin mezcla de mentira, porque recorta, añade o cambia algo de la verdad. Y además es tal su condición que sólo pervive cuando miente, pues sólo vive mientras no prueba lo que dice. Así que lo prueba, deja de existir, y ejerciendo, por así decir, su oficio de mensajera, transmite un hecho: desde aquel momento, es un hecho el que se posee, un hecho que se menciona directamente: desde aquel momento ya nadie dice, por ejemplo: «Dicen que en Roma ha ocurrido esto» o «Se dice que a aquél le ha tocado en suerte una provincia», sino «A aquél le ha tocado en suerte una provincia», y «En Roma ha ocurrido esto».
La fama, nombre de lo incierto, ya no cabe donde existe la certeza. ¿Es que alguien que no sea un irreflexivo puede creer en la fama? No, porque el prudente no cree lo incierto. Todos pueden comprobar que, por mucho que se haya difundido y por mucho que se haya construido con afirmaciones, es preciso que haya salido de alguien alguna vez. Después serpentea por los canales de las lenguas y de los oídos, y así el vicio introducido en aquella pequeña semilla hace tan obscuros los sucesivos rumores que circulan, que nadie reflexiona ya sobre si la primera boca sembró una mentira. Lo que a menudo ocurre gracias al ingenio del odio, o por la sospecha arbitraria, o también por aquel gusto de mentir que no es nuevo sino innato en algunos. Menos mal que el tiempo lo revela todo: lo atestiguan vuestros proverbios y vuestras máximas, y es una disposición de la naturaleza divina, que ha ordenado que nada quede oculto por mucho tiempo, incluso aquello que la fama no ha divulgado.

Es pues natural que la fama sea, desde hace tanto tiempo, el único testimonio de los crímenes de los cristianos. Es la fama la que hacéis salir como denunciadora de nosotros; pues bien, todo esto que un día lanzó y que en el curso de tantos años ha acreditado hasta convertirlo en opinión general, no lo ha podido probar aún.
Tertuliano de Cartago

(7; traducción hecha sobre o.c., 82-85)