domingo, 24 de marzo de 2013

Los valdenses



Los valdenses fueron el movimiento del reino más significativo de la Edad Media. Este movimiento comenzó aproximadamente en el año 1170 en la bulliciosa ciudad medieval de Lyón, Francia. Allí vivía un rico comerciante llamado Waldesius (También conocido como Pedro Valdo). Él disfrutaba de su riqueza y le encantaba poder moverse dentro de los círculos de poder de su ciudad. Waldesius era un buen católico; asistía a misa todas las semanas.

Pero un día después de misa, Waldesius se encontró con un trovador que cantaba una balada acerca de un cristiano del siglo IV llamado Alexis. Alexis había sido un pagano rico y mimado, hijo de un senador romano rico. Sin embargo, el día en que Alexis iba a casarse, Cristo irrumpió repentinamente en su vida. Conmovido hasta lo más profundo a causa de su conversión, Alexis lo dejó todo: su familia, sus riquezas y hasta su prometida. Tras llevarse apenas la ropa que vestía, él viajó a través de Europa y Siria. Allí pasó la mayor parte de su vida orando y ayunando, sirviendo a otros y compartiendo el amor de Jesús. Él soportó la pobreza y grandes sufrimientos por causa de Cristo.

Años más tarde, con una salud muy pobre y su cuerpo desfigurado, Alexis regresó a Roma. Sin embargo, la familia y los amigos de Alexis no lo reconocieron, ya que él les parecía simplemente un mendigo mugriento. De manera que Alexis decidió mantener en secreto su identidad. Él aceptó un empleo doméstico de su padre (quien no lo reconoció), y vivió en un cuarto pequeño debajo de la escalera de la casa de su familia. Así vivió durante diecisiete años, tratando de servir a otros en el espíritu de Cristo. Cuando Alexis murió, su familia encontró su diario entre sus pocas posesiones, y entonces se dieron cuenta de quién era él realmente.

Waldesius se sintió muy conmovido por esta historia, la cual provocó en su interior una crisis espiritual. Sintiendo su conciencia perturbada, Waldesius acudió a un sacerdote del lugar en busca de consejo. Allí se desahogó, y el sacerdote lo escuchó atentamente. Luego de varias horas de un sincero intercambio de opiniones, el sacerdote tomó su Biblia y le leyó a Waldesius el capítulo 19 de Mateo acerca del joven rico. “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme” (Mateo 19.21).

Aquellas palabras resonaban en los oídos de Waldesius mientras se dirigía a su casa. Su riqueza dejó de ser una fuente de felicidad para él. De hecho, parecía como una cadena muy pesada alrededor de su cuello. En un momento de gozo y alegría espiritual, Waldesius decidió de pronto liberarse de las pesadas cadenas de la riqueza. ¡Ahora sería un discípulo de Cristo! ¡Disfrutaría los deleites del tesoro celestial!

Primeramente, Waldesius usó una parte de sus riquezas para patrocinar la traducción de algunas partes del Nuevo Testamento a la lengua vernácula que se hablaba en Lyón. Luego, armado de las escrituras, les dio todos sus bienes restantes a los necesitados.

“Ciudadanos y amigos”, le decía Waldesius a la gente de Lyón mientras les daba sus bienes, “yo no estoy loco, como ustedes pudieran creer. Sólo me estoy librando de las cosas que me oprimían. Ya que ellas me convirtieron en un amante del dinero más que en un amante de Dios. Esto que ahora estoy haciendo lo hago por mí y por ustedes: por mí, para que si alguna vez vuelvo a poseer algo, ustedes me llamen tonto; por ustedes, a fin de que ustedes también sean guiados a depositar su esperanza en Dios y no en las riquezas”.

Waldesius recorrió toda la ciudad de Lyón, predicando a todos el evangelio sencillo del reino. Su honestidad y su ejemplo de fe tocaron muchas vidas. Pronto un grupo pequeño de creyentes con la misma visión se congregó con él. Ellos se llamaron a sí mismos los “Pobres en Espíritu”. Su deseo fue tomar cada aspecto de las enseñanzas de Jesús de forma literal y con seriedad. Ellos decidieron probar el gozo del discipulado verdadero y absoluto. El reino de Dios había llegado a Lyón… ¡y estaba trastornando la ciudad!

Waldesius y sus discípulos no tuvieron ningún deseo o visión de fundar una nueva iglesia. De hecho, ellos no tuvieron ningún deseo de ni siquiera retar o atacar a la Iglesia Católica. Ellos simplemente quisieron vivir un cristianismo auténtico dentro del redil de la Iglesia Católica y compartir su gozo con otros. Ellos no enseñaron ninguna doctrina nueva, sino que sencillamente predicaron el mismo mensaje que Jesús había predicado. Si bien algunas personas ricas y algunos intelectuales se unieron a los “Pobres en Espíritu”, sus miembros provenían mayormente de entre los pobres.

Los Pobres en Espíritu fácilmente habrían podido convertirse en una sociedad espiritual dentro de la Iglesia Católica si no hubiera sido por un par de sus convicciones. En primer lugar, ellos no solicitaron el permiso de la Iglesia para hacer lo que estaban haciendo. En segundo lugar, ellos no tenían intención alguna de permanecer en el aislamiento monástico. Su deseo era seguir siendo ciudadanos de Lyón, llevando su mensaje a las iglesias, a las plazas públicas y a los mercados.

Uno de los primeros discípulos de Waldesius escribió: La decisión que hemos tomado es la siguiente: mantener hasta la muerte la fe en Dios y en los sacramentos de la Iglesia. (…) Hemos decidido predicar con toda libertad, conforme a la gracia que hemos recibido de parte de Dios. Esto no lo dejaremos de hacer bajo ningún concepto”Restarle importancia a las doctrinas de la Iglesia o retar su autoridad no se les ocurrió a los Pobres en Espíritu. De hecho, ellos más bien alentaban a sus oyentes a que asistieran a la iglesia más fielmente. ¿Cómo podría oponerse la Iglesia a lo que ellos estaban haciendo?

Sin embargo, poco después, Waldesius y los Pobres en Espíritu se dieron cuenta de su ingenuidad espiritual. La Iglesia Católica no reparó en el estilo de vida de los Pobres en Espíritu. La Iglesia consideró que ellos simplemente estaban siguiendo el camino de los “perfectos”. Era algo bueno, pero no necesario. Y la Iglesia tampoco reparó en sus doctrinas, porque apenas si las tenían.

Sin embargo, el arzobispo no estaba tranquilo con el hecho de que los Pobres en Espíritu, quienes no tenían preparación en ninguna universidad y no habían sido ordenados por la Iglesia, estuvieran predicando en las calles. Desde la época de Constantino, la Iglesia había tratado de mantener el monopolio de las predicaciones. Como vimos anteriormente, una de las características del híbrido fue su creencia de que sólo las personas autorizadas por la Iglesia institucional podían predicar el evangelio con toda seguridad. De manera que el arzobispo le ordenó a Waldesius que se presentara ante él, y luego les exigió a él y a los Pobres en Espíritu que dejaran de predicar. Reprimiendo severamente a Waldesius, el arzobispo le dijo que la predicación era cuestión únicamente del clero.

Ahora estaban en juego la vida espiritual de miles de personas. Waldesius pudo haber jugado el papel de un buen católico y haber dicho: “Sí, Vuestra Santidad, lo que usted mande”. Él y los Pobres en Espíritu pudieron haber continuado viviendo el estilo de vida del reino bajo la autoridad de la Iglesia, y sin duda ellos hubieran continuado atrayendo a nuevos discípulos. Sin embargo, Waldesius no estuvo de acuerdo en dejar de predicar. En su lugar, para la conmoción total del arzobispo, Waldesius lo miró fijamente a los ojos y sin temor le dijo: “Por el contrario, predicar pertenece a todos los que eligen vivir verdaderamente como los apóstoles de Jesús”.

No hace falta decir que Waldesius había provocado la ira del arzobispo y se había colocado a sí mismo en una posición muy peligrosa. Pero él todavía tenía una confianza ingenua en la Iglesia Católica. En aquel tiempo estaba por celebrarse el Tercer Concilio de Letrán en Roma. De modo que Waldesius y algunos de los Pobres en Espíritu viajaron a Roma para presentarle su caso al Papa en persona. El Papa los recibió cordialmente y les expresó su aprobación por su traducción de la escritura. Al Papa incluso le gustó su visión. Sin embargo, les dijo que cualquier decisión sobre las predicaciones debería ser tomada por el obispo de su lugar.

Uno de los delegados en el Concilio, llamado Walter Map, decidió que él averiguaría cuán capacitados estaban estos Pobres en Espíritu como para predicar a los demás. Map, quien era un monje altanero procedente de Inglaterra, llamó a los Pobres en Espíritu para que se presentaran ante él y ante un grupo de otros delegados. Entonces les preguntó:

—Díganme, ¿creen ustedes en Dios el Padre?
—Sí —respondieron los Pobres en Espíritu.
—¿Y en el Hijo?
—Sí.
—¿Y en el Espíritu Santo?
—Sí.
—¿Y en la Madre de Cristo?
—Sí.

Al escuchar esta última respuesta, los delegados del Concilio soltaron las carcajadas. Waldesius y los otros quedaron desconcertados pues no sabían qué habían dicho mal. Ante un coro de burla, los Pobres en Espíritu fueron despedidos del Concilio. El monje Walter Map reportó:

“Esta última respuesta provocó carcajadas de burla y ellos se retiraron, confundidos. Y con razón, porque ellos no tenían a nadie que los guiara. ¡Y aun así estas mismas personas esperan guiar a otros!”

¿Qué habían hecho ellos incorrectamente? Cientos de años atrás, el Concilio de Éfeso le había dado a María el título de “Madre de Dios”. Por tanto, al decir ellos que creían en la “Madre de Cristo”, demostraban que no estaban preparados teológicamente. Pero las escrituras nunca se refieren a María como la Madre de Dios, y los Pobres en Espíritu eran gente de las escrituras. Lo único que ellos conocían era el evangelio sencillo del reino… y eso era todo lo que ellos necesitaban saber.

Cuando Waldesius y sus hermanos cristianos regresaron a Lyón, continuaron predicando públicamente como lo habían hecho anteriormente. Incluso, se esforzaron por explicarles a las autoridades de la Iglesia local que ellos no eran herejes con algún tipo de doctrina nueva. Waldesius hasta aceptó firmar una declaración de adhesión a la fe católica que le había sido presentada por un representante papal. De hecho, Waldesius sólo plasmó una notación escrita a mano en la declaración de fe papal. Su nota afirmaba que su llamado a una vida de pobreza llegó como un acto de obediencia a Jesucristo, no como un acto de “perfección” en nombre de la Iglesia.

Sin embargo, las autoridades de la Iglesia una vez más les ordenaron a Waldesius y a los Pobres en Espíritu que comparecieran ante ellos. Y el clero nuevamente les ordenó firmemente que no predicaran más. En respuesta a esto, Waldesius citó de memoria las palabras de Pedro a las autoridades: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”.

Los miembros del clero se pusieron furiosos e hicieron que las autoridades civiles desterraran permanentemente de Lyón a Waldesius y a los Pobres en Espíritu. Sin embargo, esto no desalentó el celo de estos predicadores del reino en lo más mínimo. Al igual que los apóstoles, ellos se regocijaron de ser perseguidos en el nombre de Cristo. Por tanto, ahora viajaban por todo el sur de Francia, predicando el evangelio del reino en las calles y en los mercados. También escribían folletos y organizaban debates públicos. Y todavía hablaban en bien de la Iglesia Católica.

La polinización cruzada

Poco después, los valdenses (como los llamaba ahora la Iglesia) se reunieron con algunos de los discípulos de los dos predicadores del reino que anteriormente habíamos mencionado: Pierre de Bruys y Henri de Lausana. (Ver paginas de la 200 a la 204, capitulo 28) Waldesius pudo ver claramente que estos otros cristianos no eran herejes. Sin embargo, estos otros cristianos expresaban fuertes críticas de la Iglesia romana. Ellos atacaban a Roma por su mundanería, sus riquezas y su adquisición del poder mundano. También señalaban que la veneración de imágenes y las oraciones por los muertos no eran bíblicas.

Todo esto era nuevo para Waldesius y sus discípulos. Sin embargo, como estudiantes sinceros de la Biblia que eran, ellos escudriñaron las escrituras. Y pronto se dieron cuenta de que estas críticas eran acertadas. Por tanto, ahora ellos también comenzaron a denunciar los errores y pecados de la Iglesia.

La Iglesia Católica no demoró en reaccionar. En el año 1184, el Concilio de Verona condenó a los valdenses como cismáticos peligrosos (aunque no como herejes). Al parecer, el mismo Walter Map que los había engañado con sus preguntas caprichosas metió su mano en esto. Él escribió:

Estas personas no tienen moradas fijas, sino que viajan de dos en dos, descalzos y vestidos con túnicas de lana. Ellos no son dueños de nada, sino que comparten todo en común, siguiendo la costumbre de los apóstoles. Desnudos, ellos siguen a un Cristo desnudo. Sus inicios son extremadamente humildes, pues todavía no tienen muchos seguidores. Sin embargo, si los dejamos a sus maquinaciones, terminarán echándonos a todos.

Una vez más, la gente temía que los mansos y humildes trastornaran el mundo. Finalmente, en el año 1190, la Iglesia condenó a los valdenses como herejes, exponiéndolos a la represión despiadada y la muerte.

Sin desanimarse, Waldesius y sus discípulos continuaron viajando a través del sur de Francia. Posteriormente, cruzaron los Alpes rumbo a Lombardía en el norte de Italia. Allí encontraron a los seguidores de Arnaldo de Brescia, otro predicador del reino del cual ya hemos hablado. Los puntos de vista de estos cristianos italianos (conocidos como los Pobres de Lombardía) ayudaron a los valdenses a darse cuenta de que la iglesia no debe involucrarse con el estado. A su vez, el espíritu y el celo de los valdenses resultaron ser un estímulo refrescante para los Pobres de Lombardía. De modo que estos consintieron en unirse a los valdenses.

Los valdenses trajeron a este movimiento compuesto un fuerte celo evangelista. Los Pobres de Lombardía, a su vez, trajeron al movimiento la estabilidad de la comunidad. Unidos, ¡ellos llegaron a ser una fuerza muy revolucionaria la cual había de ser tomada en cuenta! Pero éste fue un ejército sin ningún tipo de armas, excepto la palabra de Dios.
Unidos, ¡ellos estaban listos para trastornar el mundo!

La perspectiva de los valdenses en la historia

Poco después que estos dos movimientos unieran sus fuerzas, Waldesius murió. Sin embargo, el movimiento continuó, debido a que estas personas no eran seguidores de Waldesius; eran seguidores de Jesús. Después de la muerte de Waldesius, los valdenses meditaron más acerca de quiénes eran y cuál era el propósito de su movimiento. Ellos pudieron ver que la Iglesia Católica había tomado un rumbo errado; pero, ¿cuándo? Al estudiar la historia de la iglesia, los valdenses concluyeron de manera acertada que la encrucijada había tenido lugar en los días de Constantino.

Los valdenses se dieron cuenta de que la historia de la iglesia podía dividirse en dos períodos: el período del testimonio fiel (la iglesia preconstantiniana) y el período de la traición (el período que comenzó con Constantino). Pero, ¿significaba esto que todos los súbditos fieles del reino habían desaparecido con Constantino? Los valdenses opinaban que no. Ellos creían que el veneno del híbrido constantiniano no necesariamente había llegado a todo miembro del cuerpo de Cristo. Un remanente fiel de la iglesia siempre había perseverado a través del tiempo, hasta llegar a sus días. La luz del reino se había oscurecido, pero nunca se había extinguido.

Los valdenses llegaron a una clara comprensión de la naturaleza de los dos reinos. Ellos podían darle su lealtad suprema a los reinos de este mundo, o podían dársela al reino de Dios. Pero lo cierto era que ellos no podían dársela a ambos reinos. Por tanto, decidieron dársela al reino de Dios.

Las creencias de los valdenses

Los valdenses no promovieron ningún tipo de creencias teológicas complicadas. Su sistema de creencia fue esencialmente el evangelio del reino. Al conocer a fondo las enseñanzas de Jesús, ellos enseñaban que nosotros los seres humanos somos capaces de hacer elecciones, y somos responsables por las elecciones que hacemos. Cada uno debe tomar la decisión de vivir según las enseñanzas de Cristo, y luego ser fiel a esa decisión. “Nadie puede ser un verdadero cristiano”, decían, “si de veras no ha rendido su vida al señorío de Cristo”.  Ellos se dieron cuenta de forma acertada que las enseñanzas de Jesús eran revolucionarias y que estaban para ser vividas literalmente. De modo que enseñaron en contra de la acumulación de riquezas. También enseñaron en contra del uso de la espada, ya fuera en defensa propia o en la guerra.

En obediencia a las palabras de Jesús, los valdenses se negaron a prestar juramentos, a pesar de que los juramentos eran un pilar importante de la sociedad medieval. Además, ellos se apegaron a los altos parámetros de honradez establecidos por Jesús. Llegaron a ser muy conocidos por su honradez. Tanto así que un pobre hombre católico, quien erróneamente había sido acusado de ser valdense, les dijo a sus inquisidores: “No soy quien ustedes creen que soy. Yo miento. ¡Soy un buen católico!”

Un folleto valdense decía lo siguiente acerca del verdadero cristianismo:

Muchos son los falsos cristianos, cegados por el error, que persiguen y aborrecen a los que son buenos, y dejan vivir tranquilamente a los que son falsos engañadores. Pero por esto podemos saber que ellos no son buenos pastores ya que ellos no aman a las ovejas, sino sólo la lana. Las escrituras dicen, y sabemos que es verdad, que si alguien es bueno y ama a Jesucristo, esa persona no maldecirá, ni jurará, ni mentirá, ni tampoco cometerá adulterio, ni matará, ni robará ni se vengará del enemigo. (…)

Me atrevo a decir, y es muy cierto, que ninguno de los papas desde Silvestre en adelante, ni los cardenales, ni los obispos, ni los abades y así por el estilo, tienen el poder para absolver o perdonarle a ninguna criatura ni siquiera un solo pecado mortal. Dios es el único que perdona, y ningún otro. Esto es lo que los pastores deben hacer: predicarle a las personas y orar con ellas, y alimentarlas con la enseñanza que viene de lo alto.

Los valdenses fueron estudiantes apasionados de la Biblia, y con el tiempo eliminaron prácticamente todos los aspectos de la fe católica que no se encontraban en el Nuevo Testamento. Aunque ellos habían comenzado como buenos católicos, al final enseñaron en contra de las prácticas y doctrinas no bíblicas tales como el purgatorio, las misas por los muertos, las intercesiones de María y los santos, la veneración y adoración de imágenes y cruces, y el supuesto poder sacerdotal de los curas.

¡Predicad la palabra de Dios!

Aunque los evangelistas valdenses eran perseguidos por las autoridades papales y sabían que les esperaba la tortura y la muerte si los atrapaban, siempre llevaron su sencillo mensaje del reino a todas partes de Europa. Jesús les había prohibido a sus seguidores que llamaran a cualquiera por el título de Padre. Por tanto, los valdenses simplemente llamaban a sus predicadores ambulantes por el nombre de barba, que significaba “tío”. Sus barbas solían viajar por toda Europa de dos en dos. Por lo general, un joven se juntaba con un barba mayor para aprender de primera mano el discipulado mientras viajaban juntos. A menudo los barbas valdenses se hacían pasar por comerciantes ambulantes para escapar de las autoridades de la Iglesia.

La cruzada contra los valdenses

Durante casi cuatro siglos, los valdenses habían vivido como animales cazados, sin saber nunca cuándo los ejércitos de la Iglesia caerían sobre ellos. Varias comunidades valdenses fueron arrasadas por la espada. Uno de sus últimos baluartes estuvo ubicado en el Valle del Piedmont, junto a los Alpes a lo largo de la frontera entre Francia e Italia. En 1488 y 1489 (sólo treinta años antes de la Reforma) los cruzados del Papa cayeron sobre los asentamientos valdenses en los Alpes con una crueldad indecible. Los “santos” cruzados católicos masacraron a todo valdense que encontraron a su paso. Destriparon a los padres y luego lanzaron las cabezas de sus hijos contra las rocas. Ellos hicieron desfilar a los padres hacia su muerte con las cabezas de sus hijos colgadas de sus cuellos.

El historiador de la iglesia J. A. Wylie escribió:

Estas crueldades forman una escena que es única y sin precedente en la historia de los países civilizados. Ha habido tragedias en las cualesse ha derramado más sangre, y en las cuales más vidas han sido sacrificadas, pero no ha habido ninguna en la que los actores estuvieran tan completamente deshumanizados y las formas de sufrimiento fueran tan monstruosamente repugnantes y tan absolutamente crueles. En este aspecto las “Masacres de Piedmont” no tienen paralelo.

A principios de los años 1500, la mayoría de los creyentes valdenses habían sido masacrados. Sin embargo, el movimiento sobrevivió a estas horribles persecuciones, aunque sólo en unas pocas localidades. Aun así, los valdenses no iban a renunciar. Las comunidades sobrevivientes inmediatamente comenzaron a imprimir folletos, haciendo uso de la nueva y fenomenal invención: la imprenta.

Extraído del libro El Reino que trastornó el Mundo”, capitulo 29. De David W. Bercot.