domingo, 26 de enero de 2014

Reflexiones acerca de la obra redentora de Cristo


El evangelio moderno presenta a un Dios tan Airado que no puede perdonar sí no hay un sacrificio perfecto. Sus frutos son contrarios a Cristo. En cambio la Biblia nos muestra un Dios que envió a Cristo como Libertador del poder del pecado y de la muerte y que está listo para perdonarnos tan pronto como nos volvemos a Él y a Su Reino. Su Sacrificio nos libra del captor satanás y Su sangre preciosa nos limpia sí andamos en luz, practicando lo que Jesús nos enseñó.

Cuando se habla de la verdadera razón de la muerte de Jesús y de Su sacrificio, de Su obra redentora, surgen preguntas con base en esos versículos que fuertemente se nos enseñaron (en las iglesias evangélicas y aun después de salir de ellas) mostrando a ese Dios que cargó el pecado y derramó Su ira castigando a Su Hijo. Pasajes bíblicos como Isaías 53 se han distorsionado para justificar la falsa enseñanza de la satisfacción. Cuando lo llevamos a la lógica, nos parece que realmente fue justo, y que el único que podía pagar por esos pecados era el que vivió justamente en este mundo (Jesucristo). Pero Cómo podemos contestar o explicar a aquellos que han creído tal enseñanza, a los que han seguido ese evangelio reformado, cómo mostrarles que aunque aparentemente la Biblia nos muestra esa imagen de Dios, realmente nos es la verdadera.

El problema principal en esto es que durante mucho tiempo este tema se ha tratado desde una perspectiva meramente teológica, buscando un versículo aquí y otro allá, para mostrar que las cosas son como se piensa (que Dios es un Dios tan airado que no pudo perdonar hasta que Su Hijo lo satisfizo con el sacrificio). Pero cuando vemos la luz a la cual Dios nos está invitando a andar, vemos que esto más bien se trata del carácter de Dios, nadie estaría en contra de que satanás es nuestro enemigo ¿cierto? (Y eso no ocupa entenderse por medio de la teología) Sin embargo, cuando Cristo vino a este mundo, ¿Qué fue lo que más enfrentó de los judíos? Sabemos que fue a los escribas, fariseos, doctores de la ley; y ellos conocían muy bien la Escritura, pero Jesús les dio la verdad y los que recibieron la verdad escuchándolo, anduvieron entonces en la verdad, en la luz. Pero los que quisieron mejor adherirse a sus teologías, se quedaron con su conocimiento y al final terminaron matando a Jesús.

Él es la luz del mundo, Su luz brilla en la tinieblas, la Escritura lo único que hace es dirigirnos hacia esa luz, sólo es un vehículo que nos señala quién es Dios. La mayoría de la gente adora al libro, a la Biblia en vez de adorar a Dios. Las Escrituras son solamente un método que Dios escogió para anunciarnos este mensaje que hemos oído de ÉL, “Que Él es la luz y que sí andamos en luz, Él nos libra y nos limpia de nuestros pecados”. En 1 de Juan dice: “El que nos oye es de Dios, el que no nos oye no es de Dios”.

 Fuimos enseñados toda nuestra vida acerca de esto (el evangelio de la satisfacción) nos dábamos cuenta de que en nuestro corazón había algo que no encajaba, no teníamos toda una respuesta, pero sentíamos que había algo malo allí. El punto es que no podemos convencer a nadie, no se trata de eso. Uno de los primeros predicadores dijo: “La tarea del predicador no es contestar preguntas, sino despertar conciencias” porque qué bien hace si pudiéramos contestar a la perfección todas las preguntas y tenerlas bien claras, si nuestras conciencias aun están muertas para Dios. Tendríamos como resultado nada más a un teólogo como un “tubo de escopeta más recto” que los demás, pero igualmente vacio. Cristo no vino a formar teólogos sino a formar discípulos y a libertar al hombre. Por ejemplo cuando Jesús enseñó la parábola del siervo que debía 10 mil talentos, y fue llevado al rey, este calló a los pies del rey y pidió perdón diciendo “no puedo pagar esto” y el rey lo perdonó, el hombre entonces salió y encontró a otro que le debía sólo 100 denarios, lo sostuvo por el cuello diciéndole “págame lo que me debes” y se le contestó “no tengo”, entonces lo echó a la cárcel, el rey escuchó esto y mandó a traer a ese hombre que no perdonó a su consiervo, “tráiganlo”, y le dijo: “Yo te perdoné toda esa deuda y ahora tu saliste y trataste mal a este hombre, no lo perdonaste” ¿Es acaso que entonces el hombre sacó un recibo de su bolsa para demostrar que la deuda ya había sido pagada y después salió a la calle y pudo hacer lo que él quería?.....No, no fue así, la deuda no fue pagada, fue perdonada. Sí Jesús hubiera pagado nuestra deuda, entonces pagó por todos los pecados, y ahora tenemos como fruto este mensaje: “Jesús me acepta tal como soy, porque ya murió por mí, me acepta aunque soy homosexual” ahora tendríamos vaqueros para Cristo, motociclistas para Cristo, estrellas de películas pornográficas para Cristo, fornicadores para Cristo, ¡pagó por sus pecados! ¿pagó por todo no?…Pero más bien es que perdona a los que se arrepienten y andan en la luz.

Con respecto a Isaías 53, debemos tomar en cuenta que el texto que utilizamos en nuestras Biblias (Reina–Valera) normalmente es el “masorético”, pero la “Septuaginta” escrita 250 años antes de Cristo, es la Biblia de la que citaba el Señor Jesús. El texto masorético fue escrito después de la muerte de Jesucristo y compilado por los judíos; ese texto no fue aceptado en el cristianismo hasta 500 0 600 años después de la muerte de Cristo, fue escrito por los judíos que odiaron y mataron a Jesús y que se llamaban a sí mismos “Masoretas”.

El texto masorético fue confeccionado porque los judíos veían que se estaban cumpliendo todas las profecías del Antiguo Testamento en Cristo y también porque por esta causa muchos judíos vinieron al Señor dejando sus tradiciones. Por esa razón los judíos que rechazaron a Jesús confeccionaron el texto masorético, ellos tenían que cambiar textos para que no vieran a Cristo en lo que se estaba cumpliendo. Pero el cristianismo y hasta la iglesia católica no aceptó ese texto sino hasta 500 o 600 años después de Cristo. Los judíos convencieron a “San Jerónimo” de que usara el texto masorético para su biblia y eso es lo que tenemos ahora en la versión Reina – Valera.

En Isaías 53:4 de la versión Reina – Valera (texto masorético) dice: Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Este versículo ya empieza a sonar como que a Dios el Padre le satisfacía y le agradó el castigar a Su propio Hijo. Pero en la Septuaginta vemos que dice: Este nuestros pecados lleva, y de nosotros duélese; y nosotros pensamos que él estaba en trabajo, y en plaga, y en maltratamiento. Haciendo referencia a que sufrió por nosotros siendo maltratado.

En Isaías 53:10,11 del texto masorético dice: “10 Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. 11 Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. Pero en la Septuaginta vemos que esa misma cita dice: “10 Y el Señor quiere purificarle de la plaga; si diereis por pecado, vuestra alma verá simiente longeva; y quiere el Señor quitar del trabajo de su alma; 11 mostrarle luz y plasmar con inteligencia, justificar a justo bien sirviendo a muchos; y los pecados de ellos él llevará. Vemos que en el texto de la Septuaginta contrario al texto masorético, Dios desea quitar el sufrimiento de Su Hijo y no está deseoso de cargar en Él toda Su ira y el pecado de todos. De esa manera Jesús pudo entrar a la muerte y tener poder sobre el cautivador, llevando cautiva la cautividad, obteniendo la victoria de la resurrección; el diablo no tuvo poder sobre aquel que vivió sin pecado.

Los judíos nos dieron el texto masorético distorsionado y la Septuaginta es el libro del cual citó el Señor Jesús y el texto que utilizaron los primeros cristianos. Por eso es peligroso tomar “un sólo versículo aquí” y construir todo un caso para definir el carácter de Dios sobre el sacrificio de Su Hijo.
El evangelio moderno rechaza las enseñanzas de Jesús, para ellos se trata solamente de: “Cristo vino para apaciguar la ira de Dios” pero más bien debemos decir “Cristo vino a enseñarnos cómo debemos vivir en este mundo para de esa manera apaciguar la ira de Dios” que sin duda será derramada sobre aquellos que no solamente pecaron, sino que rechazaron la oportunidad de ser libres escuchando a Su Hijo. Debemos guardarnos de tener una falsa idea de Dios y de lo que Él quiere de nosotros. Dios no se pagó a sí mismo ni pagó al diablo por nuestra libertad, el venció a satanás para libertarnos de su poder, venció a la muerte y resucitó para rescatarnos. “Él es la propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 2:2) y no solamente Su sacrificio, derramó Su sangre preciosa para “salvarnos DE la maldad” y no “EN la maldad”. En ninguna manera negamos Su sacrificio y Su sangre que nos libertó, pero al hacer tanto énfasis en eso, nos olvidamos de lo que Jesús enseñó y comenzamos a confiar solamente en que “Cristo ya hizo todo y que no necesitamos hacer nada más”, tenemos que ser dignos de esa sangre y después de haber sido librados, caminar en obediencia a Sus estatutos; una vez más insistimos “Andar en luz, es decir, en Él, en Sus enseñanzas”.

El Evangelio del Reino no consiste en habilidades exegéticas ni palabras griegas, ni tampoco en un sistema teológico complejo. El evangelio que creemos y predicamos es el poder de Dios que ciertamente nos libra del poder del pecado y nos lleva a una vida de justicia y santidad delante de Dios. Es el evangelio que nos enseña a hacer la voluntad de Dios, por medio de la Cruz. Ese es el poder del Espíritu que da testimonio.

Porque no menospreció ni abominó la aflicción del afligido, Ni de él escondió Su rostro; Sino que cuando clamó a él, le oyó.(Salmos 22:24)
Amén.


Comentarios realizados después del mensaje del domingo 12 de enero del 2014 en Tlaxcala, México.