miércoles, 5 de febrero de 2014

Ana de Rotterdam



El siguientes es el testamento que Ana de Rotterdam le dejó a su hijo, Isaías, el 24 de enero, 1539 d. de J.C. Se lo presentó a él a las nueve de la mañana cuando ella se preparaba para morir por el nombre y el testimonio de Jesús. Rumbo a su muerte, Anna dijo al gentío allí congregado: —Aquí tengo un niño de quince meses. ¿Quién lo quiere? Voy a dar todo mi dinero al que le da un hogar (Anneken era de una familia adinerada, pero había dejado todo para servir a Jesús) Un panadero con seis hijos tomó al niño entonces, junto con el bolsillo de dinero. Y así se despidió de su hijo, en la ciudad de Rotterdam.

Isaías, recibe tu testamento: Oye, hijo mío, la instrucción de tu madre; abre tus oídos para oír las palabras de mi boca (Proverbios 1.8). Hoy yo voy por el camino por el cual pasaron los profetas, los apóstoles y los mártires, y beberé de la copa que todos ellos bebieron (Mateo 20.23). Yo voy por el camino por el cual pasó Cristo Jesús, ese Verbo divino, lleno de gracia y verdad, el Pastor de las ovejas, que es la vida. Él mismo caminó por esta senda, y no por otra, y tuvo que beber de esta copa, como dijo: “Tengo que beber de esa copa y ser bautizado con ese bautismo; y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla!” Habiendo pasado por allí, llama a sus ovejas, y sus ovejas oyen su voz y le siguen dondequiera que él vaya. Éste es el camino a la fuente verdadera (Juan 10.27; 4.14). Por esta senda caminaron los del real sacerdocio que salieron de las tinieblas a su luz admirable y entraron en siglos de la eternidad; y tuvieron que beber de esta copa (1 Pedro 2.9).

Por este camino pasaron los muertos que están bajo el altar, que claman diciendo: “¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra? Y se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos” (Apocalipsis 6.9–11). Éstos también bebieron de la copa, y han partido para gozar el eterno descanso del Señor. Por aquí también caminaron los veinticuatro ancianos que están alrededor del trono de Dios, que echan sus coronas y arpas ante el trono del Cordero, y se postran ante él y dicen: Señor, sólo tú eres digno de recibir la gloria y la honra y el poder; que vengarás la sangre de tus siervos y ministros, y ganarás la victoria. Engrandecido sea tu nombre, todopoderoso, que eras, eres, y serás (Apocalipsis 4.8, 10–11).

Por este camino pasaron también aquellos que eran marcados por el Señor, y recibieron la señal en la frente (Ezequiel 9.6); que fueron escogidos de entre todas las naciones, que no se contaminaron con mujeres (entiende eso), y siguen al Cordero por dondequiera que él va (Apocalipsis 14.4).

Todos estos tuvieron que beber de la copa amarga, y así lo tendrán que hacer todos aquellos que quieren completar el número y ser parte del cumplimiento de Sion, la novia del Cordero, que es la nueva Jerusalén que desciende del cielo (Apocalipsis 21.2), esa ciudad y ese trono de Dios donde se verá la gloria del gran Rey, cuando se celebre la fiesta de los tabernáculos en los días de eterno gozo y descanso (Zacarías 14.16).

Ninguno de éstos pudo lograr esto sin primero sufrir juicio y castigo en la carne. Pues Cristo Jesús, la eterna verdad, fue el primero, pues dice que él fue el Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo (Apocalipsis 13.8).Y Pablo dice que le agradó al Padre llamar, elegir y justificar a todos los que él predestinó desde la eternidad, y les transformó según la imagen de su Hijo (Romanos 8.29–30). Nuestro bendito Salvador también dice: “El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor. Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor” (Mateo 10.24–25). También Pedro dice: “Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios?

Y: Si el justo con dificultad se salva, ¿en dónde aparecerá el impío y el pecador?” (1 Pedro 4.17–18). Lee también Proverbios 11.31: “Ciertamente el justo será recompensado en la tierra; ¡cuánto más el impío y el pecador!” Con esto puedes ver, hijo mío, que nadie puede llegar a la vida, excepto por este camino. Por eso, entra por la puerta estrecha, recibe el castigo e instrucción del Señor, carga con su yugo y llévalo con gozo desde tu juventud, con acción de gracias, regocijo y honor. Pues el Señor castiga a todo hijo que acepta y recibe (Hebreos 12.6). Pablo sigue diciendo: “Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos”. Y no recibirán la herencia de los hijos de Dios.

Si tú, pues, deseas entrar en el cielo y en la herencia de los santos, ciñe tus lomos, y sigue en pos de ellos; escudriña las escrituras, y ellas te mostrarán el camino que ellos tomaron (Juan 5.39). El ángel que habló con el profeta dijo: “Existe el caso de una ciudad edificada y situada en un buen lugar, y llena de todo lo mejor. Pero la entrada a ella es angosta, y está ubicada de tal forma que sería muy fácil caerse de ella, pues al lado derecho hay un fuego, y a su izquierda, agua muy profunda. Y el único sendero para entrar pasa por en medio del agua y del fuego, y es tan angosto que sólo un hombre puede pasar a la vez. Si esta ciudad le fuera dada a un hombre como herencia, y si nunca pasara el peligro que hay en la entrada, ¿cómo pudiera recibir esta herencia?” (2 Esdras 7.6–9).

Fíjate, hijo mío, que este camino no tiene desvíos; no existen en este camino pequeños senderos curvos; el que se aparta a la derecha o a la izquierda, hereda la muerte. Éste es el camino que muy pocos hallan, y aun menos caminan por él. Porque hay quienes perciben que éste es el camino a la vida, pero les es demasiado difícil; la carne no quiere sufrir tanto.

Por eso, hijo mío, no les prestes atención a las multitudes, ni camines en sus caminos. Apártate de sus caminos, pues ellos van rumbo al infierno, como la oveja al matadero. Como dice Isaías: “Por eso ensanchó su interior el Seol, y sin medida extendió su boca; y allá descenderá la gloria de ellos, y su multitud” (Isaías 5.14). “Porque aquel no es pueblo de entendimiento; por tanto, su Hacedor no tendrá de él misericordia” (Isaías 27.11). Pero dónde tú oyes hablar de una manada pobre y humilde (Lucas 12.32) que el mundo desprecia y rechaza, únete a ellos. Porque donde tú oyes hablar de la cruz, allí está Cristo; no te apartes de allí. Huye de la oscuridad de este mundo; únete a Dios. Teme sólo a él, guarda sus mandamientos, observa y cumple todos sus mandatos. Escríbelos sobre la tabla de tu corazón, átalos a tu frente, habla noche y día de su ley, y serás un bello árbol en los atrios del Señor, una planta amada que crece en Sion (Salmo 92.13). Toma el temor de Dios por padre, y la sabiduría será la madre de tu entendimiento. Si sabes esto, hijo mío, eres bienaventurado si lo haces (Juan 13.17). Observa lo que el Señor te ordena, y consagra tu cuerpo a su servicio, para que en ti su nombre sea santificado, alabado, engrandecido y glorificado.

No tengas pena confesarlo ante los hombres. No les tengas miedo a los hombres. Es mejor perder tu vida que apartarte de la verdad. Y si pierdes tu cuerpo, que es terrenal, el Señor tu Dios tiene otro mejor preparado para ti en el cielo (2 Corintios 5.1).

Por tanto, mi hijo, esfuérzate por ser justo hasta la muerte, y ponte toda la armadura de Dios. Sé israelita piadoso, aplasta bajo los pies toda injusticia, el mundo, y todo lo que está en él, y ama sólo lo de arriba (1 Juan 2.15). Recuerda que no eres de este mundo, así como tu Señor y Maestro no lo era (Juan 15.19). Sé discípulo fiel de Cristo; porque nadie puede orar a menos que llegue a ser su discípulo (Colosenses 1.7; Juan 9.31). Aquellos que dijeron: “Hemos dejado todo” también dijeron: “Enséñanos a orar” (Lucas 18.28; 11.1). Por éstos oró Jesús, no por el mundo (Juan 17.9). Cuando los del mundo oran, oran a su padre, el diablo, y desean que se haga su voluntad, y así es. Por eso, hijo mío, no llegues a ser como ellos; más bien recházalos y huye de ellos, y no tengas parte ni compañerismo con ellos (Roma-nos 12.2; 2 Pedro 1.4). No consideres lo que ven tus ojos, sino busca sólo las cosas de arriba (Colosenses 3.1). Hijo mío, está atento a mi amonestación, y no te apartes de ella. Que el Señor te haga crecer en su temor, y llene tu entendimiento con su Espíritu (2 Pedro 3.18). Conságrate al Señor, mi hijo; consagra toda tu conducta en el temor de Dios (Levítico 20.7). Y todo lo que hagas, hazlo para la gloria de su nombre. Honra al Señor con el trabajo de tus manos, y permite que la luz del evangelio brille en ti. Ama a tu vecino. Con un corazón sincero y afectuoso, dale de tu pan al hambriento, viste al desnudo, y no tengas dos de una cosa, pues siempre hay alguien a quien le falta (Mateo 26.11). De la abundancia que el Señor te da por medio del sudor de tu rostro, dale a aquellos que sabes que aman al Señor (Génesis 3.19; Salmo 112.9). No retengas en tu posesión estas bendiciones hasta el siguiente día, y el Señor bendecirá el trabajo de tus manos y te dará su bendición por herencia (Deuteronomio 28.12). Hijo mío, conforma tu vida al evangelio, y el Dios de paz santifique tu alma y cuerpo para su gloria. Amén (Filipenses 1.27; 1 Tesalonicenses 5.23).

Oh, santo Padre, santifica al hijo de tu sierva en tu verdad y mantenlo alejado del mal, por causa de tu nombre, oh, Señor.

Después de esto selló su fe con su sangre, y así, como una heroína fiel y seguidora de Cristo Jesús, fue recibida como miembro de los testigos de Dios que fueron sacrificados.