domingo, 13 de abril de 2014

La venganza es de Dios: un cordero no muerde a un lobo




¿Por qué los cristianos no pelean?

Lutero y sus hombres usan las Escrituras para persuadir a la gente común a tomar las armas y defenderse. Llevan a la gente a confiar en cuerpo y alma, en la fuerza de las armas, y causan que los señores y las ciudades se levanten contra el emperador. ¡Qué terrible derramamiento de sangre cuando los falsos profetas y sus seguidores pelean en nombre de Dios! (Jeremías 6, Ezequiel 22, 23)… Dios no ha ordenado ni establecido otro poder o gobernador en la tierra más que el César. El César y su gobierno mundano van a gobernar en la tierra hasta que el tiempo cese, como dice Daniel (Daniel 11), cuando la ira de Dios vendrá sobre todos los hombres (Isaías 24). Toda carne necesita el poder y el control del César.

Sin embargo Jesucristo no reina ni juzga en los asuntos terrenales. No importa si sus seguidores son tratados bien o mal, ellos siempre pagan de vuelta sólo amor y paciencia. Están dispuestos a rendir todo lo que tienen, incluso sus cuerpos y sus vidas,… esto es, todo lo que tiene que ver con lo que creen. Ningún hombre puede forzar a nadie en asuntos de fe en Cristo, porque lo que está en juego no es la vida terrenal, sino la vida eterna…

No quiero presentarles a ustedes que profesan ser maestros y predicadores “evangélicos,” nada sino sólo al Cristo crucificado, paciente y amante.

Conocer a Cristo y a su enseñanza significa ya no vivir más según la carne. Es ya no adherirse a las posesiones, naciendo de nuevo, a través de lo que morimos a todo lo terrenal. El que todavía se adhiere a su vida antigua y a sus posesiones, las perderá. Pero el que las rinde llega a poseer la vida eterna (Mateo 19). Pone todo pensamiento de autodefensa detrás de su espalda, lleva la cruz por causa de su Maestro y Señor, y hace esto fielmente con toda mansedumbre, amor y paciencia, como los corderos de Dios (Mateo 11)… Donde reinan la vida y las enseñanzas de Cristo, el poder carnal se termina. Por otro lado, de donde la gente está gobernada por la carne, Cristo tiene que salir, así como salió de la tierra de los gadarenos (Mateo 8). Cristo tuvo que salir de la tierra de los gadarenos porque su obra afectó los negocios de ellos (el cuidar de los cerdos), algo que tiene que ser tomado en cuenta si es que deseamos ser salvos…

La pérdida de la propiedad es una cosa pequeña que rendimos por amor a Dios y a nuestros semejantes. Pero el temor a perder las posesiones engaña al mundo e impide que se desarrolle el amor a Dios y al prójimo. Si Cristo tiene que salir, así como salió de la tierra de los gadarenos, entonces la injusticia se apoderará (de esa alma). El amor se enfriará (Mateo 24), y el egoísmo (Eigennutzigkeit) reinará, y todos sufrirán por ello. Es fácil ver cómo la ceguera, la insensibilidad, y el egoísmo destruyen al mundo entero, pero los hombres toleran eso antes que a los verdaderos cristianos que aman a todos los hombres. Y los otros odian a los que tratan de liberarlos del poder destructivo del diablo. ¡Oh, gadarenos ciegos! ¡El mundo entero está ciego!

Los que piensan que poseen sus bienes (Eigenthum) quieren que el gobierno los proteja. Piensan que es necesario usar la fuerza para conservar la paz y para proteger sus posesiones y las de otros. De hecho, todo el uso de la fuerza proviene casi de la posesión de propiedad. Pero las comunidades de Cristo (die Gemeinen Christi) no se basan en propiedades, sino en Cristo. Están sujetas a Cristo antes que a nadie más.

Por lo tanto los que son espirituales se preocupan por conservar la paz espiritual, mientras que los que son de la carne se preocupan por conservar sus posesiones en una paz terrenal… Dios sólo permite, pero no promueve, el uso de la fuerza mundana. El uso de la fuerza no proviene de lo bueno, sino de lo que es malo, y Dios solamente lo tolera por necesidad. Dios sabe que si Él quitara de la tierra el uso de la fuerza mundana, la sociedad se volvería un caos. Entonces, por el bien de sus hijos que también tienen que vivir en el mundo, deja que exista.

Por causa de la paz entre los rebeldes hijos de Israel, Dios le dio la espada a Moisés, para imponer y hacer cumplir sus leyes. A Josué, a David, y a otros, les dio la espada por la misma razón: para conservar una paz temporal y exterior entre los hombres no convertidos. Pero Cristo y sus seguidores tienen otro llamamiento. Cristo no trajo la paz de Moisés, ni una paz carnal exterior. Más bien, Él llama a sus seguidores a tener paz los unos con los otros y dice:

“Mi paz os dejo, mi paz os doy. Yo no os la doy como el mundo la da.” (Juan 14)…

El Señor Altísimo, Cristo Jesús, no vino a reinar, obligar, juzgar, acusar, ni a tener a algún acusado ante Él. Más bien vino a servir, y a permitir que Él mismo fuera gobernado, forzado, acusado, juzgado, condenado, y maltratado. Él es el espejo al que debemos mirar si queremos ver si nos parecemos a Cristo o no. Si hiciéramos eso, la pregunta acerca de si podemos estar en el gobierno mundano o no, pronto sería resuelta.

Los egoístas tratan de justificarse a sí mismos con la excusa del amor al prójimo. Preguntan: “Pero, ¿no debemos defender a nuestros vecinos cuando están en peligro, si es que podemos hacer eso? ¿No nos ha hecho Dios responsables por esto? Dios nos dijo que no ignoremos a los que están en necesidad, y que tratemos a otros como queramos ser tratados.”

Usando tal lógica humana, Simón Pedro la tomó para defender a Cristo. Pero escuchemos lo que hizo Cristo: Él sanó al hombre a quien Pedro había herido usando la fuerza mundana (Lucas 22). Cristo no quiere la clase de amor que cause que otros sean dañados. Él quiere vernos amando, jamás odiando, aun a nuestros peores enemigos, sin importar lo que nos hagan…

Los cristianos verdaderos ayudan a quienes pueden, sean amigos o enemigos, siempre y cuando nadie salga dañado por su ayuda. El espíritu de la ayuda fraternal nunca faltará entre ellos. De hecho, los seguidores de Cristo están tan dedicados a ayudar a otros, que estarían dispuestos a morir por ellos. El amor completo en Cristo alcanza a nuestros amigos y a nuestros enemigos también. Es el resultado de la libertad en Cristo, y de la unión espiritual con Él.

Puesto que los cristianos tienen que perdonar todas las malas obras, ¿Por qué les sería necesario ejercer la pena capital? Es cuestión de los gentiles y paganos el sentarse en el juicio sobre las vidas de los demás. Algunos, sin embargo, creen que debemos hacer esto, ya sea por la autoridad de la ley de Moisés, o por el gobierno mundano, ninguno de los cuales les concierne a los cristianos… De todo esto es fácil juzgar quiénes son cristianos y quiénes no. Porque nuestros vecinos, los Schwertler, creen que son cristianos también, pero sus acciones los desmienten… De hecho, no son ni paganos, ni judíos, ni cristianos; no saben ni lo que son, pero confunden la espada del mundo, la de Moisés, y la de Cristo, y las juntan todas: como mezclando col, chícharos y nabos. ¡Qué ceguera!

Así es con las enseñanzas y la obra de Moisés, de David, y de los patriarcas. Por buenas que fueron estas, donde el amor de Cristo los ha eclipsado con algo mejor, es necesario considerarlos como malos… Entonces el celo de Moisés, al matar al egipcio que hacía violencia contra el israelita, en un sentido fue bueno, porque estaba luchando por el bien en contra del mal. Pero si Moisés hubiera conocido y poseído el amor perfecto, antes se hubiera dejado matar en lugar del israelita su hermano y por su bien, que haber matado al egipcio, el enemigo de su hermano.

Para Dios, todos los reinos no son nada sino un corral de cerdos: cerdos que destruyen y devoran a su viña (Salmo 80). Y todos los que reinan, protegen, y manejan estos corrales de cerdos, no son más que puercos guiadores de puercos, porque fuera de Cristo no hay fe, ni entre los judíos, ni entre los gentiles, ni entre los que profesan ser cristianos (Juan 15, 2ª Juan 1, 3ª Juan 1).

Al mundo malo, le pertenece la espada mala. Los gobernantes malvados en el mundo tienen que reinar de una manera malvada para proteger el mal de la propiedad privada. De esta manera, se mantiene una semblanza de paz entre los impíos, porque Cristo no tiene nada que ver con Belial. (2ª Corintios 6). Pero la paz de Cristo es algo totalmente diferente. No tiene nada que ver con satisfacer la carne ni con el conservar la propiedad. Más bien nos permite vivir con gran gozo y paz en medio de nuestros amigos y enemigos, sin importar cómo nos esté yendo. Esta es la paz de Cristo de la cual nos habló: “Mi paz os dejo, mi paz os doy. Yo no os la doy como el mundo la da.”

Los primeros cristianos no usaron ninguna espada ni fuerza mundana sino hasta los días del Emperador Constantino. Los cristianos no creían en usar la espada y Cristo no les había concedido más que la espada de la Palabra. Cualquiera que se defendía con algo diferente de la Palabra de Dios era considerado un pagano e infiel. Pero el papa, supuestamente haciendo un servicio cristiano, casó a la iglesia con el Leviatán del poder carnal. Entonces nació el anticristo y el misterio de la iniquidad, que había estado escondido por largo tiempo, empezó a aparecer (2ª Tesalonicenses 2).

Estamos de acuerdo en lo siguiente concerniente a la espada: La espada fue ordenada por Dios fuera de la perfección de Cristo. Castiga y mata a los malos y guarda y protege a los buenos. En la ley, la espada fue ordenada para el castigo de los malos y la misma espada fue hecha para ser usada por los gobernantes del mundo.

Sin embargo, en la perfección de Cristo, sólo la expulsión es usada como advertencia y para excomulgar al que ha pecado, pero sin matarlo, sino sencillamente como advertencia y mandamiento de no pecar más.

Nos preguntarán entonces los que no reconocen esto como la voluntad de Dios, si no puede un cristiano usar la espada para la defensa y protección de los buenos, o por causa del amor. Nuestra respuesta es unánimemente esta: Cristo enseña y ordena que aprendamos de Él, porque Él es manso y humilde de corazón, y entonces hallaremos descanso para nuestras almas…

También se nos preguntará si un cristiano puede pasar sentencia en una disputa o contención mundana como las que los incrédulos tienen unos con otros. Esta es nuestra respuesta unida: Cristo no quiso decidir o juzgar entre dos hermanos en el caso de la herencia, sino que rehusó hacer eso. Por lo tanto, debemos nosotros hacer lo mismo.

Además se preguntará acerca de la espada: ¿Puede uno servir como autoridad civil si es que es llamado o elegido en el oficio? La respuesta es la siguiente: la gente deseaba hacer a Cristo rey, pero Él huyó y no rechazó la ordenanza de su Padre. Debemos hacer como Él hizo y seguirlo para que no andemos en tinieblas.

Finalmente se observará que no es apropiado para un cristiano servir como un gobernante mundano por causa de los siguientes puntos: el gobierno reina según la carne, pero el cristiano según el Espíritu. Las casas y moradas del gobierno están en este mundo, pero la ciudadanía de los cristianos está en los cielos. Las armas del conflicto de la gente son carnales y son usadas contra carne y sangre. Pero las armas del cristiano son espirituales en contra de las fortalezas de maldad. La gente del mundo viene con hierro y acero, pero los cristianos con la armadura de Dios, con justicia, verdad, y con la Palabra de Dios.

El anticristo quiere defender su causa con la espada, pero Cristo Jesús no tiene otra espada ni arma, excepto la de sufrir con paciencia al lado de su Palabra Santa. ¡Oh, crueldad sangrienta que excede a la crueldad de los animales irracionales! Pues el hombre, la criatura racional formada a la imagen de Dios, nacida sin colmillos, ni garras, ni cuernos, con una carne enfermiza y tierna… como una muestra de que es una criatura de paz y no de conflicto, está tan lleno de odio, crueldad y derramamiento de sangre, que no puede escribirse, ni hablarse, ni concebirse. Cuán lejos, cuán lejos se han apartado del ejemplo y la enseñanza de nuestro Maestro que enseñó y buscó la paz solamente, diciendo: “Mi paz os dejo, mi paz os doy.”

Nuestra fortaleza es Cristo, nuestra arma de defensa es la paciencia. Nuestra espada es la Palabra de Dios y nuestra victoria es la fe libre, firme, y no fingida en Cristo Jesús. El hierro, el metal, las espadas y las hachas dejamos para aquellos que desgraciadamente ¡consideran la sangre de los hombres ser del mismo valor que la de los cerdos!

Referencias:

- Panfleto publicado por Felipe Ulhart cuyos posibles autores fueron: Peregrino Marpeck y Leopoldo Scharnschlager.
Se incluyen también fragmentos de escritos realizados por:
-Clemente Asler
-Hans Denck
-Hans Herschberger
-Los anabaptistas de Schlatten am Randen
- Menno Simons

Extraido del libro: El Secreto de la Fuerza por Peter Hoover, pág.: 238 a 247