jueves, 22 de enero de 2015

¿Actores o Testigos?



Contraportada de un libro de la editorial Moody-Press, que ejemplifica perfectamente los mitos modernos y el romanticismo que rodea a los héroes misioneros occidentales.


A pesar de que la verdad sobre David Livingstone ha convertido en conocimiento público desde hace casi dos generaciones (desde la aparición de los documentos personales de él, de sus compañeros de trabajo y de Henry Stanley),muy pocos cristianos occidentales son capaces de dejar de lado el mito que los ha mantenido por unos cien años: el mito de los grandes misioneros victorianos, hombres y mujeres valientes como David Livingstone, Hudson Taylor, Adoniram Judson, María Slessor, Alexander Mackay. . . tú conoces los nombres muy bien, de aquellos que fueron por todo el mundo a predicar el evangelio a toda criatura al precio de su vida.

¿Qué harías si te dijera que muy pocos, si es que hubo alguno, de esos grandes misioneros, de hecho siguieron las instrucciones de Jesús, y que lo que predicaban no era el evangelio (las buenas noticias) del Reino a todos?

¿Todavía te agradaría, o preferirías seguir creyendo una mentira?

David Livingstone, si la verdad debe ser dicha, en toda su vida, condujo a una sola persona a profesar la fe en Cristo. Ese fue un jefe Bakwena, que vivía en poligamia en lo que hoy es Botswana. Ese hombre pronto volvió al paganismo. Los colaboradores de Livingstone, incluyendo a los famosos Susi y Chuma, lejos de ser “algo así como una Escuela Dominical itinerante”, tal como un autor lo describe, fumaban marihuana y eran mujeriegos de renombre, que cazaban con prontitud a las prostitutas locales de donde se quedaban. Uno de sus hombres, Gardner, capturó a varias niñas y las mantuvo en el campo de Livingstone, con fines inmorales. Otro colaborador, Simon, traficó con esclavos. Livinsgtone perdió los estribos con frecuencia con sus hombres, haciendo rabietas histéricas durante las cuales, en palabras de un oficial médico británico, “utilizaba el lenguaje sucio y más abusivoque se ha oído hablar alguna vez en esa clase de la sociedad”.

A pesar de que David Livingstone habló en contra de la crueldad de la trata de esclavos, no se oponía a la esclavitud en principio, regularmente utilizaba esclavos como porteadores (a veces la mayoría de sus porteadores eran esclavos), y señaló que la mayoría de los esclavos en las ciudades costeras “vivían mejor que los trabajadores de las fábricas inglesas”.

Después de acusar a su esposa de tener demasiados hijos, llamándola “la gran fábrica de Irlanda,” él la envió de vuelta a Inglaterra, en donde se convirtió en una alcohólica empedernida. Sus hijos crecieron sin padre, en abandono, un hijo suyo murió en el campo de batalla de Gettysburg, Pensilvania, mientras que en África, la pasión de David Livingstone por encontrar la fuente del Nilo antes que Speke, Grant, y los Bakers (otros exploradores victorianos), no tuvo límites. Cada vez más amargado por el éxito de los demás y por su propio fracaso para encontrar la “Autopista de Dios” (un gran río que abriría el centro de África al comercio británico, con el consiguiente ahorro de dinero y gente), David Livingstonese convirtió en un hombre violentoy malhumorado. Cuando su hermano, un clérigo escocés, cuestionó sus motivos, David Livingstone le dejó de hablar, luego de haberle dado un puñetazo en la cara “para sacarle sangre”. Poco antes de su muerte, David Livingstone perdió los estribos con Chuma y le disparó a quemarropa, pero falló.

Con respecto a sus “descubrimientos”, David Livingstone odiaba a Speke y a los Bakers por asegurar que los lagos Victoria y Edward eran las fuentes del Nilo, mientras que él estaba seguro hasta la muerte de que la fuente real era el Lualaba (la parte superior del Congo) y utiliza a la Biblia y a Herodoto para “demostrarlo”. En cuanto a cruzar África de costa a costa, él también supo cómo hacerlo, pero no mencionó el hecho de que los comerciantes portugueses habían estado haciéndolo durante muchos años antes que él, y que él se limitaba a seguir su rastro. Pero hizo una fortuna con la venta del libro en el que escribió sobre sus “descubrimientos”, y, con la insistencia de la prensa estadounidense y británica, tanto sus historias como las de Stanley, se hicieron cada vez más impresionantes con el paso del tiempo. ("¿Doctor Livingstone, supongo?" Es una de las invenciones más famosas de la historia moderna. Lo que en realidad dijo Stanley cuando Susi llegó a su encuentro fue: "¿Quién% *! @ & # eres?" Y cuando conoció a Livingstone , que nunca se perdió por el camino, lo dejó hablar.)

Entonces, ¿cómo fue que el verdadero David Livingstone se convirtió en el Livingstone de la ficción y la fantasía, en el héroe misionero descrito en el libro arriba mostrado?

La sociedad occidental, con la ayuda de los medios de comunicación occidentales, “creó” a David Livingstone, precisamente porque lo necesitaba.

Y la sociedad occidental, puesto que sigue necesitando “grandes hombres y mujeres de Dios”, ha sido la responsable de la creación de ellos desde entonces: la misma prensa que tomó a David Livingstone, ha creado a personajes como D.L.Moody, Billy Graham, Bob Marley, la Madre Teresa, Jim y Tammy Baker, Juan Pablo II, y un sinfín de celebridades religiosas. Religiosos “malos,” religiosos “buenos”, todos sólo son actores, todo es parte del gran negocio de mantener al mundo entretenido y sintiéndose bien acerca de sí mismo.

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El mundo necesita de actores religiosos para convencerse de su propia nobleza y de sus buenas intenciones. Justo después de aplastar a los franceses en Canadá, a los holandeses en Sudáfrica, al estar bañando la India y Nueva Zelanda con sangre, y al estar arrumbando a ochenta mil convictos miserables en las costas de Australia, el Imperio Británico con su “Biblia Victoriana”, necesitaba desesperadamente algo para reforzar su auto estima piadosa. Exactamente de la misma forma, los Estados Unidos de América, que casi venían saliendo de la guerra más sangrienta de la historia, la cual ocurrió relativamente poco tiempo despuésdel Gran Despertamiento de 1857, necesitaban miles y miles de “cristianos comprometidos” frescos de las reuniones de avivamiento y tiendas de campaña, que salieran a predicaren las trincheras de la siega misionera.

¡Introduzcan a David Livingstone! ¡A Henry Stanley! “Nuestros hombres”, por ahí ¡andan arreglando el mundo! Con entusiasmo casi patético todo Estados Unidos y Gran Bretaña no lograron suspender el rugido de los aplausos.

Lucas 16:15.

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El mundo necesita intérpretes para imitar, emular, pretender y competir en reuniones masivas en toda la tierra. Justo después de David Livingstone, una avalancha de jóvenes de Gran Bretaña y de Estados Unidos se apresuró a irse a las “naciones paganas” para ver qué podían hacer por ellas. Alexander Mackay, después de su dramático discurso en Escocia (que hasta la fecha es citado en documentos misioneros), se dirigió hacia Uganda, disparando a dos porteadores negros que intentaron desertar en el camino. Los misioneros alemanes evangelizaron Tanganyika y Camerún, hasta que tuvieron que regresar a casa para luchar por Kaiser Wilhelm. Los anglicanos y los presbiterianos, después de ganar la guerra de los Boers, siguieron a Cecil Rhodes, dirigiéndose hacia regiones mineras recién inauguradas, evangelizando las vastas extensiones de lo que hoy es Botswana, Zimbabwe, Zambia, y más allá (bajo la protección militar británica, con una estricta barra de color en su lugar). A lo largo de la India y China todos corrieron, dividiéndose los territorios de la misión a lo largo de líneas denominacionales: los bautistas aquí, la Iglesia Libre sueca por acá, los menonitas en Bihar, la AIM en el Congo, la UMCA a lo largo de la costa. . . .

Y dondequiera que fueron, los misioneros occidentales prácticamente destruyeron las comunidades nativas y le enseñaron a la gente el valor del dinero y de la propiedad privada (lo cual era absolutamente desconocido para las “tribus primitivas" previamente). Con la ayuda de los gobiernos coloniales (como India y África), los misioneros instaron a sus conversos a abandonar la vida comunitaria, para repartirse las tierras tribales en parcelas familiares independientes, cada familia con su propia casa, sus propios animales,…. Y eventualmente, con sus propias radios, automóviles, aparatos de televisión, internet, etc., y a conseguir que sus hijos fueran educados para el progreso personal. En la época de la segunda guerra mundial, una vasta multitud de africanos y asiáticos instruidos a los pies de los misioneros occidentales (sí, incluso aquellos educados en las misiones menonitas) salieron listos para pelear al lado de los aliados contra Hitler y contra su horrible crimen de “superioridad racial”.

Sólo para volver, aquellos que sobrevivían, al Apartheid colonial y a la barrera racialen su propia casa.

Toda esta hipocresía y corrupción (en la forma de una administración prepotente por parte de extranjeros que explotan en nombre del cristianismo occidental), finalmente “se terminó” en las décadas de 1950 y 1960 por medio de un gran número de nuevas naciones que lucharon y ganaron su independencia, convirtiéndose en el así llamado “tercer mundo”, que se revuelca en la agonía de la esclavitud de la deuda internacional en la actualidad. Pero la leyenda David Livingstone, y el mito de los grandes misioneros victorianos, nunca murió. De hecho sólo se hizo más grande y más brillante, ya que el mundo necesitaba cada vez más y más de esos mitos.

En palabras de T. Ernest Wilson, misionero a Angolade los Hermanos de Plymouth: “Desde que era un niño, quería ser misionero en África. Este deseo se había despertado y estimulado por la lectura de las historias de las vidas de Livingstone, Arnot, y María Slessor, y por escuchar a los misioneros que venían a casa para pasar un tiempo de descanso con un permiso temporal. Francamente, yo era un adorador de los héroes. Pensé que se trataba de los hombres más grandes de los tiempos modernos, y anhelaba seguir sus pasos y ver los lugares donde trabajaban”.

Entre más misioneros salieron, más grande y más colorido se hizo nuestro repertorio de diversos cuentos misioneros: grandes hombres de Dios que crecen cada vez más en la fantasía popular hasta que evolucionan como verdaderos Paul Bunyans (mítico leñador gigantesco del folclore estadounidense), como aquellos casos de historias de personas que están de rodillas en oración durante tanto tiempo todos los días, que hacen ranuras en los pisos de madera de sus armarios, o aquellos que se reunieron y lloraron por un avivamiento hasta que el suelo estaba resbaladizo por tantas lágrimas.

Lucas 16:15.

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La iglesia primitiva tuvo sus mártires, que finalmente fueron canonizados, y completamente rodeados de leyenda y fantasía, pero todavía están con nosotros hoy. Cuando enseñaba en una escuela secundaria privada, el Colegio San Lorenzo, en San José, Costa Rica, hace varios años, me encontré a cargo de unos cuarenta adolescentes dentro de una multitud de mil de ellos, mientras que el sacerdote rociaba un nuevo gimnasio con agua bendita. De pie frente a un gran ícono de San Lorenzo, un mártir cristiano primitivo que fue quemado en la hoguera, dedicó el gimnasio a este santo, pidiéndole que ayudara a todos los que se entrenaran allí, a hacerlo en el espíritu en el que San Lorenzo murió. Entonces las porristas salieron, con la ayuda del equipo de fútbol de la escuela, para hacer una porra, mientras que el resto de la gente saltó y gritó y silbó.

La iglesia medieval también tuvo sus grandes místicos y reformadores: Santa Teresa de Ávila, Santo Tomás Becket, Martín Lutero, Juana de Arco. . . .

Ahora la iglesia moderna tiene sus misioneros.

Al igual que a todas las familias de la Edad Media les gustaba tener al menos una hija o un tío en el monasterio, a las familias modernas les gusta mucho tener al menos un miembro de su familia “en el campo misionero.” Es sólo una cuestión de autosatisfacción. De prestigio. Según la norma de la iglesia moderna, los jóvenes no pueden pensar que están completos, hasta que hayan servido en algún “campo misionero” en el extranjero.

Lucas 16:15.

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Pero, ¿dónde, en medio de todo esto, está el Reino de Dios? ¿Dónde está la buena noticia (el “Evangelio”) de su Reino?

¿A cuántas personas en todo el mundo les han llegado verdaderos mensajeros con el Evangelio de esperanza y sanidad, en el que todos los que creen se hacen de una familia, una fe, un espíritu, uno en la vida del día a día, en el Cuerpo de Cristo aquí en la Tierra? ¿A quién le ha llegado el Reino donde la voluntad del Padre se hace en la tierra tal y como se hace en el cielo?

Los actores misioneros funcionan de manera individual, estando empeñados en realizar grandes cosas. Grandes hombres, grandes hazañas. Convirtiéndose en mártires, quizás, en lugares peligrosos y lejanos.

Pero Jesús nunca nos llamó a actuar; y de hecho nuestra mejor actuación no lo  impresiona en lo absoluto. Él nos llama a ser testigos, comenzando en Jerusalén y en Samaria (en otras palabras, en nuestra propia casa), e ir desde allí hasta los confines de la tierra. Por causa de este “testimonio de Jesús”, uno tiene que estar dispuesto a vivir y a morir.

Los testigos siempre apuntan hacia Otro. Hacia Jesús. Perdiendo su individualidad, sus nombres, sus rostros, por una causa infinitamente más emocionante que ellos mismos, y edificando en la tierra verdaderos modelos del Reino de los Cielos, predican y sellan mensajes acerca de cielos nuevos y tierra nueva, totalmente restaurados (Juan 13:35).

Dos maneras. Dos caminos. Dos destinos. No se puede aspirar a la fama religiosa si es que te has decidido a caminar con Jesús y con Su iglesia. Lo más probable es que termines recogiendo fresas o castrando cerdos.

“Los primeros serán los últimos”, dijo Jesús, “y los últimos serán los primeros”. “Lo que los hombres tienen por sublime, es abominación a los ojos de Dios”. (Lucas 16:15).

En algún momento pronto, si es que el Señor lo permite, me gustaría escribir sobre E. Stanley Jones, Amy Carmichael, o sobre algunos creyentes anabaptistas y moravos que no salieron al campo misionero para hacer grandes cosas o para hacerse famosos, sino para vivir el Evangelio con aquellos a los que fueron. Esa es una historia mucho más agradable que contar.

-Peter Hoover