martes, 18 de junio de 2013

Una breve explicación y amonestación sobre la salvación y las obras


Cuando empezamos a caminar en la luz y Dios nos salva de esta perversa generación, Jesús nos rescata del dominio y la potestad de las tinieblas, trasladándonos a Su reino de luz (Colosenses 1:13). El reino no es un pedazo de tierra en el globo terráqueo, sino una esfera de influencia en la que Dios reina (en nuestros corazones) y vivimos en obediencia a Su señorío, mando, normas y reglas, por amor a Él y confianza en Él. (Juan 18:36). Vivir en el reino (o mejor dicho ¡vivir el reino!) es algo que no surge tan espontáneamente en nuestro ser natural, por lo que tenemos que aprender cómo vivir esta nueva clase de vida. Por ello Cristo pasó gran parte de Su tiempo enseñando acerca de Su Reino con palabras sencillas, ilustraciones (parábolas) e historias, al igual que con Su misma vida y ejemplo.

Este reino o esfera es totalmente diferente del mundo que nos rodea; tan diferente que a la gante le parece locura. (1ª Corintios 1:18). En el reino, los primeros serán postreros; los niños son los ciudadanos modelos; y la gente no es tratada según su habilidad, género, ingresos, o raza. (Lucas 13:30, Mateo 18:1-5, Colosenses 3:11). Se nos llama a poner Su reino y los negocios de Su reino antes que preocuparnos y ocuparnos por nuestro propio sustento. (Mateo 6:33). Las leyes del Reino se reducen a una sola palabra: amor (Mateo 22:37-40). El aire que respiramos es gracia y la característica nacional es santidad. Es un reino en verdad trastornado y de cabeza (Hechos 17:6). La única manera de estar en ese reino es por medio de la obediencia, por lo que las obras sí están relacionadas tanto con nuestra entrada como con nuestra estancia y permanencia en este reino.

Es decir, somos salvos sólo por la gracia inmerecida de Dios, y no por nuestros propios méritos (Tito 3:8, Efesios 2:8-9, Lucas 18:9-14), pero al mismo tiempo vemos que el rechazo de las buenas obras es también un rechazo de la gracia, ya que por medio de la rendición de nuestra voluntad a la de Cristo, y de nuestra fe en Él, Dios produce en nosotros tanto el querer como el hacer, de las buenas obras que son agradables delante de Él (Filipenses 2:12-13), por su buena voluntad; y esto es parte de la manifestación de su gracia para con nosotros (Tito 2:11-15), por lo que las obras de obediencia sí son necesarias para que podamos ser salvos finalmente y para que logremos entrar al reino de los cielos, si bien nuestro objetivo al hacerlas debe ser únicamente el de glorificar a nuestro Dios.

Estas buenas obras que debemos hacer no son “obras muertas” impuestas por los hombres o por alguna organización humana, sino que son aquellas obras que ante Dios poseen un alto valor moral intrínseco, por el simple hecho de estar de acuerdo con Su Voluntad Suprema y porque traen así gloria a Su Nombre, y que son las delineadas en los mandamientos del Nuevo Testamento. Estas obras son básicamente las siguientes:

Obras de abstinencia:

- Hacer morir (y mantener muertas) por la fe, las once obras mortales terrenales que acarrean la Ira de Dios sobre nosotros y especialmente sobre los hijos de desobediencia: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría, ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas y mentira. Colosenses 3:5-10.

- Huir y no consentir con los veintitrés pecados que son dignos de muerte, ya sea por practicarlos, o por complacernos al verlos en los demás: injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad, envidia, homicidio, contienda, engaño, malignidad, murmuración, detracción, aborrecimiento de Dios, injuria, soberbia, altivez, invención de males, desobediencia a los padres, necedad, infidelidad, falta de afecto natural, ser implacables y falta de misericordia. Romanos 1:21-32.

- No cometer ninguna de las once obras de injusticia que no heredarán el reino de Dios: injusticia, fornicación, idolatría, adulterio, comportamiento afeminado, homosexualidad, robo, avaricia, borrachera, maldición y estafo. 1ª Corintios 6:9-10.

- No satisfacer, sino crucificar, las diecisiete obras de la carne que, en caso de ser practicadas habitualmente, se vuelve imposible heredar el reino de Dios: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras y orgías. Gálatas 5:19-21.

- No practicar las obras que tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muertes segunda: cobardía, incredulidad, ser abominables, homicidio, fornicación, hechicería, idolatría y mentira. Apocalipsis 21:8.

- No ser partícipes de todo aquello que sea pecaminoso, mundano, dudoso, idolátrico, blasfemo, o que de alguna manera manche nuestras conciencias, sino reprenderlo. 1ª Corintios 10:21-22, Efesios 5:11.

Obras activas de comisión:

- Hacer, cuando se presente la oportunidad, las seis obras de misericordia mencionadas por Jesús: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, recoger al forastero, vestir al desnudo, visitar al enfermo y visitar al preso. Mateo 25:31-46.

- Añadir y abundar con diligencia en las ocho virtudes cardinales que nos evitan caer y que nos dan amplia y generosa entrada en el reino del Señor: fe, virtud, conocimiento, dominio propio, paciencia, piedad, afecto fraternal y amor. 1ª Pedro 1:5-11.

- Manifestar obras virtuosas de fe, amor, santidad, justicia y fidelidad, las cuales harán que resplandezcamos como luminares en el mundo en medio de esta generación maligna y perversa, y que harán que al verlas los hombres, glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos. Mateo 5:16, 1ª Pedro 2:12, Filipenses 2:15, Romanos 2:7, Juan 8:29, Santiago 2:22, Gálatas 5:6, 1ª Timoteo 2:10, 1ª Timoteo 6:18.

- Tener nuestras lámparas encendidas, ser llenos del Espíritu Santo y ser guiados por el, ser fieles hasta la muerte y predicar el evangelio a toda criatura, negociando con nuestros talentos, tal como lo hicieron los siervos fieles de la parábola de los talentos. Mateo 25:1-30.

- Practicar las virtudes-dones que aún permanecen vigentes: la fe, la esperanza y el amor. 1ª Corintios 13:13.

- Obedecer con fidelidad los mandamientos del Nuevo Pacto, contenidos en las Palabras de Cristo y en los mandamientos dados por los apóstoles, como la no resistencia, el vestir modesto, la no acumulación de riquezas, el no jurar, la permanencia y pureza del matrimonio, , el velo, la separación del mundo, etcétera, así como los mandamientos específicos para cada tipo de persona: que el marido ame a su esposa, que la mujer se someta al marido, que los padres críen en disciplina y amonestación a los hijos, que los hijos obedezcan y honren a los padres, que los pastores no se enseñoreen del rebaño, que las ovejas obedezcan a sus pastores, que los patrones traten bien a sus trabajadore, que los trabajadores se sometan a sus patrones, etcétera. (Mateo 5-7, Lucas 6, 11, 12, 16, Romanos 12-15, 1ª Corintios 11, 14, 16, Efesios 5 y 6, Colosenses 3-4, 1ª Tesalonicenses 5, Hebreos 13, Tito 2, 1ª Pedro 2-3, etc…).

- Poseer las nueve bienaventuranzas del Sermón del Monte, que son las nueve virtudes del fruto del Espíritu de Gálatas 5, que son las nueve características del amor de 1ª Corintios 13, tipificado todo lo anterior por los nueve frutos figurados del Libro de Cantares capítulo cuatro, todo lo cual se corresponde y armoniza entre sí y que al final de cuentas no es más que la manifestación del carácter de Cristo mismo en nosotros, la esperanza de gloria.

Eso se resume en el siguiente cuadro:

(Dar click al cuadro para aumentar)

“El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él…” –Jesús (Juan 14:21).

Primeramente, como se puede observar, estas obras incluyen tanto obras de abstención (no hacer ciertas cosas), como también obras activas de comisión (sí hacer otras ciertas cosas). Es decir, no sólo se trata de no hacer el mal, sino también de sí hacer el bien.

También puede observarse que estas obras no sólo incluyen acciones netamente externas como ayudar a los pobres, predicar el evangelio o abstenerse de cierta comida o actividad, sino que nacen de un corazón limpio que posee fe en Dios, asi como amor a Dios y al prójimo, e involucran también sentimientos y actitudes internas, como el gozo, la paz, el afecto fraternal, etc., y tienen como fuente principal una intención pura no egoísta: procurar la gloria de Dios y el bien del prójimo, por encima de los intereses propios, pues su principal característica es la raíz del amor verdadero: “no busca lo suyo.”

Además, también es claro que estas obras sí constituyen una ley, la ley de Cristo o ley real (1ª Corintios 9:21, Santiago 1:25 y 2:12), pues una ley es una regla de conducta con castigo; y en este caso podemos ver que sí existe un castigo: el no heredar el reino de Dios (sino ir al lago de fuego), en caso de hacer malas obras y/o en caso de no hacer las buenas obras, por lo que estas obras no son opcionales, sino necesarias. En este sentido sí somos salvos por obras, por las obras como condición, no como mérito, y aunque hagamos todas estas obras antes mencionadas, todavía somos siervos inútiles, pues sólo estaremos cumpliendo con nuestro deber, y aún seguiremos siendo salvos SOLO por gracia porque:

1. Tenemos una lista larguísima de transgresiones contra Dios, malas obras y ausencia de buenas obras en nuestra inconversión (vida pasada antes de Cristo), las cuales ya jamás podremos revertir, pero son perdonadas y anuladas sólo por gracia, inmerecidamente, pues si Dios nos pagara de acuerdo a esas obras, nadie sería salvo.

2. Aún siendo cristianos, a veces quizás caeremos y fallaremos, no como hábito, pero sí como excepción, y nos faltará el abundar más y más en estas obras virtuosas que se mencionan, por lo que en este caso, Dios, quien es Santo en Su naturaleza, Justo en Sus normas, Perfecto en Su carácter e Implacable en Sus juicios, no podría dejarnos entrar al cielo ni siquiera con esas faltas que a nuestros ojos pudieran parecer pequeñas, y, si nos deja entrar (como realmente lo hará) será sólo por Su gracia y por Su misericordia, sin mérito de nuestra parte.

3. Es Dios mismo el que nos proporciona la gracia habilitante (la influencia, la sabiduría y el poder espiritual de su Espíritu Santo en nuestra vida) para llevar a cabo estas buenas obras que Él preparó de antemano para que anduviésemos en ellas, de tal forma que la gloria sea sólo para Él.

Todo esto sigue siendo válido aún cuando hagamos estas buenas obras, y aún cuando Dios las requiera de manera absolutamente necesaria como una condición para salvarnos al final.

Finalmente, hay que destacar que la vida cristiana, que debe abundar en estos buenos frutos de justicia, no consiste en meramente repasar cada día esta lista de obras y verificar que las estemos haciendo fielmente en nuestra vida, sino en tener los ojos puestos en Jesús, para que al ver Su amor por nosotros, lo amemos cada vez más; al ver Su carácter, deseemos ser como Él; al ver Su modo de conducirse, eso nos inspire y le imitemos en todo; al ver Su poder y nuestra debilidad, le roguemos cada día que nos dé la gracia y la sabiduría para oírlo y para seguirlo; y al ver el privilegio que es servirle, tomemos cada día nuestra propia cruz y le sigamos, a fin de que Él tenga la preeminencia en todas las cosas. Esta es una vida Cristocéntrica, que sólo se logra por medio de una relación personal con Jesucristo, y no sólo por guardar reglas, hacer obras u observar rituales, ni por intermediarios humanos, sino según nos enseña la unción del Espíritu que recibimos de Dios, que es la Gemuth (convicciónn innata e interna de la luz y la verdad, que está de acuerdo con Cristo y con Su Ley Eterna). 1ª Juan 2:29.

Por lo tanto es posible hacer buenas obras, pero sin tener esta comunión íntima con Jesús, lo cual no nos llevará al cielo tampoco; pero al mismo tiempo, alguien que no está ocupado en hacer estas buenas obras, y/o que más bien se ocupa en malas obras, sólo demuestra que no tiene relación alguna con Jesús y que está completamente perdido.

“Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.” –Jesús (Juan 15:4-5).

“…y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios; fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad; con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados. El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia;…” (Colosenses 1:9-18). Amén.
Por Josué Moreno