miércoles, 3 de julio de 2013

¿Hijos de quién?


El apóstol Pedro escribió su segunda epístola para despertar con exhortación el limpio entendimiento de la gente por medio de la memoria (2 Pedro 3:1). La intención de mi corazón, al escribir esta carta, es despertar la mente del pueblo de Dios, especialmente la de los hermanos entre los descendientes de los anabaptistas que tratan de preservar la fe de nuestros antepasados (N.T. amish, menonitas y huteritas).



El hombre casi siempre puede reconocer al pueblo de Dios que vivió en el pasado, pero de alguna manera, el reconocer al pueblo de Dios vivo hoy en día no es tan fácil. Siempre ha sido así y siempre lo será. Nathaniel Howe lo expresó así: "El camino del mundo es alabar a los santos muertos, y perseguir a los vivos."

Jesús encontró este problema entre los líderes religiosos durante Sus días en la tierra. En Mateo 23:29-3, Él dice: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos, y decís: Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus cómplices en la sangre de los profetas. Así que dais testimonio contra vosotros mismos, de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas.”

Cuando los escribas y los fariseos leían los libros del Antiguo Testamento, era muy fácil para ellos distinguir a los justos y a los verdaderos profetas, de los hijos del diablo, quienes rechazaron a los justos profetas. Y los fariseos estaban seguros de que ellos mismos hubieran estado en un mismo acuerdo con los justos. Estaban seguros de que si los profetas de la antigüedad pudieran de alguna manera entrar en su propia época actual, que seguramente se darían mutuamente. Pero no pudieron identificar a los justos y a los verdaderos profetas que estaban entre ellos en persona, y por lo tanto los rechazaron. 

Del mismo modo, cuando los líderes de la Iglesia Estatal durante la Edad Media y en la época de la Reforma leían los evangelios y el libro de los Hechos, era muy fácil para ellos ver que Jesús era el Cristo, que Juan el Bautista era un profeta verdadero, y que sus discípulos eran justos. No tenían ningún problema viendo que los escribas y los fariseos que rechazaron a Jesús, a Juan y a los apóstoles, eran hijos del diablo. Estos líderes de la iglesia del estado estaban seguros de que si hubieran vivido en los días de los apóstoles, habrían estado en perfecta unidad con ellos. Estaban seguros de que si los apóstoles pudieran de alguna manera entrar en su propia época, que Pedro, Juan, Pablo y los demás, les habrían dado. Pero no pudieron identificar a los justos y a los verdaderos profetas que estaban entre ellos en persona, y por lo tanto los rechazaron. 

Cuando nosotros, los descendientes actuales de los anabaptistas, leemos acerca de los avivamientos de la Reforma, es muy fácil para nosotros ver que los anabaptistas eran la verdadera Iglesia y los seguidores justos del Cordero. También reconocemos muy fácilmente que los católicos y los protestantes que los rechazaron y los persiguieron eran hijos del diablo. Estamos seguros de que si hubiéramos vivido en ese momento hubiéramos estado en un acuerdo con los anabaptistas. Estamos seguros de que si los primeros anabaptistas pudieran de alguna manera entrar en nuestra tierra y nuestra época, que Conrad Grebel, George Blaurock, Hans Hut y los otros, seguramente nos darían la diestra en señal de compañerismo. Pero, ¿podemos identificar los justos y verdaderos profetas que están entre nosotros hoy? ¿O los rechazamos?

Este problema de tener visión 20/20 cuando miramos hacia el pasado, pero ser totalmente ciego a las actuales situaciones del presente, no es un problema de ciertas personas en ciertas épocas y en ciertas regiones. Es un problema universal y perpetuo. De hecho, entre más observo lo que ha pasado y lo que está pasando, más me convenzo creo de que cuanto más cambian las cosas, ¡más permanecen iguales!

Isaías, Jeremías y Ezequiel eran poderosos profetas de Dios. ¿Cómo era posible que alguien no se diera cuenta de ello? Pero lo cierto es que estos profetas hicieron algunas cosas muy peculiares. Imagínate haber vivido en sus días, si puedes imaginártelo. Habrías visto a uno de estos hombres caminando descalzo y desnudo durante tres años (Isaías 20). O podrías haber visto a uno de ellos construir una ilustración de Jerusalén con adobe, con una plancha de hierro, y con algunos otros objetos. Luego lo habrías observado recostado al lado de este extraño conjunto de objetos. Cada día que pasaras por allí, allí estaría este hombre, sin volverse nunca de un lado al otro. Por 390 días permanece recostado en su lado izquierdo. Después se da la vuelta para recostarse sobre su costado derecho y se queda allí postrado por otros 40 días. Y durante todo ese año y dos meses que permaneció allí, bajo todo tipo de clima, habrías observado que lo único que come es pan multigrano preparado con estiércol por él mismo. (Ezequiel 4).

O tal vez habrías visto a un joven de pie en la puerta pública por donde todos pasaban, llorando, lamentando, y alzando su voz, declarando la ruina que había de venir. Su mensaje era tan triste y lúgubre que se debilitaron las manos de los hombres de guerra. Incluso el pensador más positivo se ponía pesimista, después de escuchar a dicho joven. (Ver Jeremías y Lamentaciones).

¿Qué clase de hombres eran estos? Eran radicales, extraños, excéntricos y perturbadores de la paz y del orden. ¿De dónde provenía su autoridad?

También debes tener en cuenta que entre aquellos que rechazaron a estos santos profetas, había mucha gente amable, había muchos hombres sensatos y amigables, hombres que te habrían ayudado si te encontrabas en necesidad, hombres que eran mucho más viejos que los profetas, hombres que preferían que reinara la justicia sobre la iniquidad.

Te dejaré decidir qué tan fácil habría sido discernir quiénes eran los justos y verdaderos. ¿Con qué lado te habrías identificado?

Tendemos a pensar que si hubiéramos vivido en Palestina hace unos dos mil años, habríamos sido capaces de comprender que este hombre llamado Jesús era el Hijo de Dios, y habríamos creído que cada palabra que hablaba, y que cada obra que hacía, eran justas y santas. ¿Pero estamos seguros? Recuerda que en aquel momento, aún no sabrías que Él iba a morir por ti en la cruz y a resucitar para volver a la vida. No había nada atractivo en Su apariencia que te hiciera desearle o querer acercarte a Él (Isaías 53:2). Hubo momentos en los que Él se enojó visiblemente (Marcos 3:05, Marcos 8:12, Juan 11:38). Muchas veces Sus discursos y reprensiones a la gente eran hechas con todo, menos con tacto. (Marcos 7:25, Mateo 23, Lucas 11:39-52). A Herodes le llamó “zorra.” (Lucas 13:32). Un día se dio la vuelta y le dijo a sus seguidores que deberían odiar a sus padres, madres, esposas, hijos, hermanos, hermanas y aún a sí mismos, si es que deseaban ser Sus discípulos. (Lucas 14:26). Un día entró en el templo, y con un poderoso tirón volcó las mesas y las sillas donde la gente estaba sentada. Con un látigo expulsó a los animales y a las personas fuera del templo, reprendiéndoles. (Mateo 21, Marcos 11, Lucas 19 y Juan 2). Luego este mismo hombre nos dice que si no comemos Su carne y bebemos Su sangre, no hay vida en nosotros. (Juan 6:53-58).

¿Qué clase de hombre era Éste? Era radical, extraño, excéntrico y perturbador de la paz y del orden. ¿De dónde provenía Su autoridad?

También debes tener en cuenta que entre aquellos que rechazaron al Señor Jesucristo, había mucha gente amable, había muchos hombres sensatos y amigables, hombres que te habrían ayudado si te encontrabas en necesidad, hombres que eran mucho más viejos que Jesucristo mismo, hombres que preferían que reinara la justicia sobre la iniquidad.

Ahora imagínate en esta tierra hoy, sí, justo en medio de nosotros, a un pueblo celoso de buenas obras y con fuego por la verdad. Un pueblo cuyos maestros irían por todas partes bautizando a todo aquel que verdaderamente se arrepiente, a veces por inmersión, a veces por derramamiento, a cualquier hora del día o de la noche, y en cualquier época del año. Estos hombres se encontrarían en las esquinas de las calles y en los callejones de nuestros pueblos y ciudades predicando la Palabra de Dios a todos los transeúntes. Quizás a veces los verías cantar públicamente y saltar y alabar a Dios. Aún sus mujeres serían testigos de la verdad y, al sentirse constreñidas a hablar, no se mantendrían calladas. 

Sus cultos y su celebración de la cena del Señor serían frecuentes, cualquier día de la semana, a cualquier hora del día o incluso de la noche. En su mayoría cantarían canciones escritas por sus propios miembros. Si las personas presentes en sus reuniones sólo entienden el idioma Inglés, se negarían a hablar alemán o cualquier otro idioma. A cualquier hermano inspirado por el Espíritu Santo se le permitiría hablar en sus reuniones. Estas personas no tendrían ningún problema moral con trabajar en domingos y tendrían en muy poca estima las fiestas y las vacaciones. 

Este pueblo enviaría jóvenes durante semanas y meses a la vez, dejando en casa a esposa e hijos, a predicar el evangelio a los perdidos.

Este pueblo tendría un gran respeto y estima por la convicción interna (la Gemüth), y tendrían poco respeto por la voz de alguna iglesia. Ellos rechazarían la idea de la "convicción grupal," al mismo tiempo que rendirían todas sus “convicciones personales” para seguir lo único que quedaba: la Gemüth o "convicción interna" (la luz y el conocimiento innato de la verdad dentro de nosotros mismos).

La mayoría de estas personas serían pobres. Si hubieran sido ricos en dinero y posesiones, se habrían vuelto voluntariamente pobres. El grupo estaría integrado principalmente por jóvenes de entre quince y treinta y cinco años de edad.

¿Qué pensaríamos de un pueblo así? No me refiero si vivieran en el otro lado del globo terráqueo. No me refiero si hubieran vivido en algún momento en el pasado. Quiero decir, si vivieran en este momento, aquí en esta tierra nuestra, justo en medio de nuestras comunidades. Algunos de ellos serían de nuestro pueblo. ¿Qué pensaríamos de ellos? 

Creo que sé lo que pensaríamos. Muy probablemente los llamaríamos radicales, extraños, excéntricos, individualistas, pietistas, rebeldes, herejes, fanáticos, obstinados, perturbadores de la paz y del orden. ¿De dónde proviene su autoridad?

Pero espera un minuto. ¡Eso es exactamente lo que los católicos, los luteranos, los zwinglianos y los calvinistas llamaron a nuestros antepasados ​​en los 1500s! En los anabaptistas se encontró cada una de las características que he mencionado. La mayoría de estas características fueron lo que trajeron el miedo y la alarma a las iglesias estatales. Yo sé que la mayor parte de las disputas entre los primeros anabaptistas y los "hijos de los fariseos" giraron alrededor del bautismo, los sacramentos, los juramentos, la no resistencia, los santos óleos, y cosas por el estilo, pero en su mayor parte, sabemos que los anabaptistas podrían haber escapado de la persecución, y se les habría concedido el privilegio de mantener su creencias si tan sólo se hubieran contentado con guardar silencio y dejar la predicación y la enseñanza sólo para el clero de la Iglesia Estatal.

Oramos por un avivamiento en nuestra tierra, pero, ¿Cómo se verá un avivamiento? ¿Estamos seguros de que podríamos reconocerlo? Puede que no luzca como nos lo imaginamos. Puede que no empiece con la gente que pensamos. Porque Dios es Poderoso para levantar, aún de estas piedras, a hijos de los anabaptistas, que son hijos de los apóstoles, que son los hijos de los profetas, que son hijos de Abel, que son hijos de Dios. Y como siempre ha sido, lucirán raros, radicales, excéntricos, alteradores de la paz y del orden, a los ojos del mundo y de los líderes religiosos de la época, que son hijos de los sacerdotes católicos, de Lutero, de Zwinglio y de Calvino, que son hijos de los escribas y fariseos, de Pilato y de Herodes, que son hijos de Acab, de Joás, de Sedequías, y del rey Manasés, que son hijos de Caín, que son hijos del diablo.

¿Pero por qué hacer todo este alboroto sobre si podemos o no podemos reconocer al pueblo de Dios? ¿Qué no dice Jesús simplemente, “por sus frutos los conoceréis”? ¿No son los frutos del Espíritu amor, gozo, paz, etc.? En realidad eso es cierto. Pero si nos apoyamos en nuestra propia comprensión de cómo es que el amor de Dios, el gozo y la paz se ven, cuando se manifiestan a través de vasijas de barro, lo más probable es que tengamos otro punto ciego. Jesús es nuestro modelo perfecto. Cuando volcó las mesas, llamó a la gente serpientes y generación de víboras, y llamó a Herodes una zorra, esos fueron los frutos del Espíritu en acción.

O quizás te estés preguntando si tenga sentido alguno o importancia preguntarse si podemos o no reconocer a los santos de nuestros días. Yo seré el primero en admitir que vivimos en tiempos peligrosos, y que hay muchos falsos profetas y anticristos. Pero por la autoridad de la Escritura puedo asegurar que el que rechaza, evita, abandona, o excomulga a los hijos de Dios, le ha hecho lo mismo al mismo Señor Jesucristo (Hechos 9:4-5, Mateo 25:40, Proverbios 14 : 31, Hebreos 6:10). También contamos con la narración sorprendente en 3 Juan 9-11, acerca de Diótrefes que amaba la preeminencia y no recibía al apóstol Juan, o a los hermanos. Juan simplemente lo llama malo.

Los primeros anabaptistas veían a los católicos y a los reformistas como la Gran Ramera de Babilonia. Al mirar nosotros hacia atrás, se nos hace muy fácil ver que efectivamente lo eran. Ahora bien, no pretendo tener perfecto conocimiento del libro del Apocalipsis, pero aquí les quiero dar algo en qué pensar. Los católicos y los reformados en los 1500s no eran la prostituta de Babilonia, por bautizar niños, por hacer juramentos, ni por adorar ídolos. Eran la Ramera de Babilonia porque estaban ebrios de la sangre de los santos y de la sangre de los mártires de Jesús. La ramera de Babilonia, según Apocalipsis 17, es una madre. Eso significa que ella tiene hijos.

Creo que desde el tiempo de Caín y Abel hasta la segunda venida de Cristo, cada generación ha tenido, tiene y tendrá su propio dragón, su propia bestia, y su propia Babilonia la Grande, que hace la guerra contra el Cordero, contra la mujer, y contra el resto de sus hijos, que son los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo (Apocalipsis 12).

¿Observaste la última parte?: Y tienen el testimonio de Jesucristo. Aquellos que andan en la manera que Él anduvo. Aquellos que están dispuestos a beber de la copa que Él bebió y a ser bautizados con el bautismo con que Él fue bautizado. Aquellos que, como su Maestro, aman la justicia y odian la iniquidad. El mundo está lleno de buena gente, gente sensata y amable. Sin embargo, esa misma gente se opone a la cruz de Cristo.

Si te resulta difícil discernir quiénes son los discípulos de Jesucristo hoy en día, entonces ponte toda la armadura de Dios. Fija tus ojos en Cristo y sigue adelante peleando contra innumerables enemigos. Contra los deseos de la carne, contra los deseos de los ojos, contra la vanagloria de la vida, contra ti mismo, contra tu propio egoísmo y “yo,” contra padre, contra madre, contra hermanos, contra hermanas, contra esposa, contra hijos, contra tierras, contra el mundo, contra tus amigos, contra los líderes religiosos que te rodean, contra los teólogos, contra las riquezas, contra la fama, contra la opinión popular, contra el pensamiento positivo, contra a la ansiedad, sin temor, sin mirar atrás, sin mirar a la izquierda, sin mirar a la derecha, hasta que tu mano se quede pegada a la espada por tanto luchar, y cada enemigo sea vencido.

Entonces descubrirás rápidamente quiénes son los hijos de la serpiente, que acechan tu alma. También reconocerás a los seguidores del Cordero, que te traerán una dulce comunión. 

Y te repito el consejo que Ana de Rotterdam le dio a su hijo en 1539: "Cuando encuentres pequeño rebaño sencillo, pobre, apartado, despreciado y rechazado por el mundo, únete a ellos; porque en donde se oye hablar de la cruz, allí está Cristo; de allí nunca te apartes.”

Si este camino te parece demasiado estrecho, demasiado difícil, demasiado duro o demasiado solitario, entonces escogeos hoy a quién sirváis. Pero no penséis decir dentro de vosotros mismos: "A los anabaptistas tenemos por padres." Porque los anabaptistas, en su momento, estuvieron dispuestos a tomar su propia cruz y a andar por este camino angosto, un camino encontrado por tan pocos y caminado por aún menos. Este camino, por el que primero anduvo nuestro afligido, rechazado, acusado falsamente, y sangrante Señor y Salvador, Jesucristo. Y Él todavía te llama: "Sígueme". ˜

-Por Duanne Troyer