domingo, 15 de marzo de 2015

La idolatría del alma excluye a los hombres del cielo



Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios. Efesios 5:5

Un hombre avaro es un idólatra. No sólo el avaro, sino también el inmoral, ambos son idólatras. Porque el apóstol, quien aquí pone a la avaricia en el mismo nivel que la idolatría, considera que la gente sensual también es idólatra, ya que él habla de algunos cuyo dios es su propio vientre. (Filipenses 3:19). De hecho, cada deseo reinante es un ídolo—y cada persona en la cual ése deseo reina, es un idólatra. “Los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida.” Por ese versículo vemos que los placeres,  las riquezas, y los honores son la trinidad carnal del hombre. ¡Estos son los tres grandes ídolos de los hombres mundanos, ante los cuales ellos postran sus almas! Y al dar a esos deseos, aquello que sólo se le debe a Dios, se vuelven culpables de idolatría. Para que esto pueda ser más evidente (que la avaricia, la inmoralidad y otros deseos igualmente son idolatría) vamos a considerar lo que es la idolatría, y diversos tipos de idolatría.

Idolatría es darle a ‘la criatura’ el honor y la adoración que se le debe únicamente al Creador. Cuando este culto se hace a otras cosas, cualesquiera que éstas sean, cometemos idolatría. Ahora bien, esta adoración debida sólo a Dios, no es sólo dada por los paganos salvajes a sus palos y sus piedras inertes—y por los católicos romanos a los ángeles, los santos y las imágenes—sino también por los hombres carnales a sus deseos.

Hay una Doble Adoración que se le Debe Sólo a Dios

1.      Externa, que consiste en actos y gestos del cuerpo. Cuando un hombre se postra ante un objeto o persona, esta es la adoración del cuerpo. Y cuando se utilizan estos gestos de reverencia y postración, con una connotación de respeto religioso, con una intención de testificar un honor divino, entonces esa adoración es debida sólo a Dios. 

2.      Interna, que consiste en los actos del alma y las acciones que responden a la misma. Cuando la mente está más ocupada con un objeto, y el corazón y los afectos están puestos sobre ese objeto, esa es ‘la adoración del alma’, y esa se debe sólo a Dios. Porque Él, siendo el más Bueno y el más Inteligente de todos los seres que existen, sólo Él se merece y sólo a Él le corresponde, el ser Él más pensado y Él más amado. El honor debido sólo al Señor es el de permitirle tener el primer y el más alto lugar, tanto en nuestras mentes, como en nuestros corazones, actitudes, acciones y esfuerzos. 

Ahora bien, según esta distinción de Adoración:

Hay Dos Clases de Idolatría

1.      Abierta, hacia el exterior, Cuando los hombres, por causa de un respeto religioso, se inclinan o se postran ante cualquier otra cosa que no sea el verdadero Dios. Esa es la idolatría de los paganos y en gran parte, es la idolatría de los católicos y papistas.

2.      Secreta, del alma, cuando la mente está puesta en algo más que en Dios; cuando algo es más valioso que Dios, más deseado que Dios, más buscado que Dios y más amado que Dios. Entonces la tal es una adoración del alma, la cual sólo se debe a Dios. 

Por lo tanto, “los idolatras secretos” tampoco tendrán herencia alguna en el reino de Dios. La idolatría del alma excluirá a los hombres fuera del cielo, exactamente de igual forma que la idolatría abierta. ¡El que sirve a sus deseos es tan incapaz de entrar en el cielo, como aquel que adora a los ídolos de madera o piedra!  

Antes de llegar a confirmar y aplicar esta verdad, será necesario hacer un descubrimiento más claro de esta idolatría secreta. Con ese fin, observemos que hay por lo menos:

Trece Actos de la Idolatría del alma

1.      ESTIMA. Aquello que más altamente valoramos, lo hacemos nuestro Dios. Porque estimar es un acto de adoración del alma. La adoración es la estima mental de una cosa como la más excelente. Ahora, el Señor exige la más alta estima, como un acto de  honor y adoración debida solo a Sí mismo. Por tanto, el tener una alta estima de otras cosas, cuando tenemos pensamientos pobres o inferiores de Dios, eso es idolatría. El tener una alta opinión de nosotros mismos (o de nuestras habilidades y logros), de nuestras relaciones y goces, de nuestras riquezas y honores (o de aquellos que son ricos y honorables), o algo de naturaleza semejante, cuando al mismo tiempo tenemos opiniones pobres de la Persona de Dios, es subir esas cosas al lugar de Dios, hacerlos ídolos, y darles ese honor  y adoración que se debe únicamente  a la Majestad Divina. Lo que más estimamos, lo hacemos nuestro Dios. Si mantienes otras cosas en más alta estima que al verdadero Dios, eres un idólatra. (Job 21:14) (Hechos 20:24).

2.      CONCIENCIACIÓN Y ATENCIÓN PLENA. Aquello a lo que estamos más atentos, lo hacemos nuestro Dios. Porque el estar más consciente y más enfocado, es un acto de adoración que es propio de Dios y que Él demanda que se le debe solamente a Él. (Eclesiastés 12:1). Otras cosas pueden ser puestas en la mente; pero si son puestas en nuestra mente más que Dios, eso es idolatría: la adoración a Dios se le da a la criatura. Cuando prestas más atención a ti mismo, a tus propiedades e intereses mundanos, cuando cuidas tus ganancias o tus placeres más que a Dios, entonces has levantado esas cosas como ídolos en  lugar de Dios. Cuando ese tiempo, que deberías llenar con pensamientos acerca de Dios, lo gastas en pensar en otras cosas, cuando Dios no está en todos tus pensamientos, o aun si Él a veces está allí, pero otras cosas toman mucha más importancia en tus pensamientos, o si cuando eres llamado a pensar en Dios (como todos los días debemos hacer con toda seriedad), pero de manera normal, habitual y voluntaria, das lugar a otro tipo de pensamientos en vez de dar lugar a Dios, es idolatría. Y ya sea que ni piensas en Dios, o que piensas lo contrario de lo que es Él, por ejemplo pensando que es todo misericordia, sin tener en cuenta Su justicia, o que es todo compasión, sin tener en cuenta Su pureza y santidad, o pensar de Su fidelidad en el cumplimiento de las promesas, y no en absoluto con respecto a Su verdad en la ejecución de sus amenazas, o pensar que es todo amor, no teniendo en cuenta Su soberanía; todo esto es poner arriba un ídolo en lugar de Dios. Tanto el pensar lo contrario de Dios que la forma en la que Él se ha revelado, como el tener en mente otras cosas tanto o más que a Dios, es idolatría.

3.      INTENCIÓN. Aquello a lo que más estamos aspirando, lo hacemos nuestro Dios. Entregarnos con mucha intención a algo, es un acto de adoración que sólo se debe al verdadero Dios. Él, que es el principal Bien y debe ser el principal Fin. Ahora, el principal fin debe ser nuestro principal propósito: debe ser puesto como nuestro único objetivo, finalidad, intención y propósito; y todas las otras cosas que tengamos como meta deben ser metas a las que aspiremos sólo por causa de la meta principal, y que se hallen completamente subordinadas a la misma. Ahora, cuando hacemos de otras cosas nuestro principal objetivo o nuestra principal intención, las ponemos en el lugar de Dios y las convertimos en ídolos. Cuando nuestra principal meta es ser ricos, o grandes, o famosos, o poderosos, o estar seguros, cuando nuestra gran meta es nuestra propia tranquilidad, o placer, o crédito, o éxito, o beneficio, cuando nuestra intención es cualquier otra cosa más que la glorificación y el regocijo de Dios, eso es idolatría del alma. 1Corintios 4:5, Marcos 12:30.

4.      RESOLUCIÓN. Aquello a lo que más estamos determinados, lo adoramos como Dios. Determinación por Dios, sobre todas las cosas, es un acto de adoración que Él demanda y que se debe solamente a Él. Darlo a otras cosas es dar la adoración de Dios a esas cosas y por lo tanto hacerlos dioses. Cuando estamos completamente decididos por otras cosas: nuestros deseos, placeres, ventajas externas, etc., pero estamos débilmente decididos por Dios, por Sus caminos, Su honor, Su servicio, esto es idolatría del alma. Cuando hacemos resoluciones prontamente por otras cosas, pero aplazamos al futuro todas las decisiones que tengan que ver con Dios: “déjame tener suficiente del mundo, de mi placer, de mis deseos, ahora; pensaré en Dios en el futuro, en la vejez, en la enfermedad, o en el lecho de muerte”, esas son resoluciones idolátricas. Dios es puesto abajo, las creaturas y tus deseos avanzaron hacia el lugar de Dios, y ese honor que es debido solamente a Él, se lo estás dando a los ídolos. Mateo 8:18-22.

5.      AMOR. Aquello que más amamos, lo adoramos como nuestro Dios. El amor es un acto de adoración del alma. Amar y adorar son a veces lo mismo. Eso que uno ama, también lo adora. Esto es indudablemente cierto, si entendemos por cierto que el amor que es superlativo y trascendente, pues el ser amado por sobre todas las cosas es un acto de honor y adoración, lo cual el Señor exige como Suyo en particular (Deuteronomio 6:5). En esto Cristo el Señor resumió toda la adoración que es requerida del hombre (Mateo 22:37). Otras cosas pueden ser amadas, pero Él debe ser amado por sobre todas las cosas. Él debe ser amado trascendentalmente, absolutamente y por causa de Él mismo. Todas las otras cosas deben ser amadas en Él, por Él, y para Él. Él nos ve como que no lo estamos adorando en absoluto y que no lo estamos tomando como nuestro Dios, cuando amamos a otras cosas tanto como a Él o más. (1 Juan 2:15) Amar a la creatura, siempre que sea excesivo y desordenado, es un afecto idólatra.

6.      CONFIANZA. Aquello en lo que más confiamos, lo hacemos nuestro Dios. La confianza y la dependencia son un acto de adoración, lo cual el Señor pide  sólo para Él, y se le debe solamente a Él. Y ¿Qué acto de adoración hay que Él Señor requiera más, que esta dependencia del alma sólo en Él? “Fíate de Jehová de todo tu corazón” (Prov. 3:5). Él no va a permitir jamás que tengamos confianza en cualquier otra cosa. Por lo tanto, es idolatría confiar en nosotros mismos: confiar en nuestra propia sabiduría, juicios, habilidades, o logros. El Señor lo prohíbe (Prov. 3:5) confiar en la abundancia o la riqueza, Job renunció a ello y lo cuenta entre aquellos actos idólatras castigables y castigados por el Juez de toda la Tierra. (Job 31:24). Y nuestro apóstol, que llama a la avaricia, idolatría, nos disuade de esta `confianza en las riquezas´ dando el argumento de que eso es totalmente incompatible con la confianza en Dios (1 Timoteo 6:17). Confiar en los amigos, aunque sean muchos y poderosos: Dios mismo fija  una maldición sobre esto como si fuera una renuncia a la Persona de Dios. (Salmo 163:3). Salmo 118:8, 9—“Mejor es confiar en Jehová, que confiar en el hombre. Mejor es confiar en Jehová, que confiar en príncipes”. La idolatría de esta confianza es expresada en que El verdadero Dios es puesto a un lado. Confiar en la creatura siempre es idolatría.

7.      TEMOR. Aquello a lo que más tememos, lo adoramos como nuestro Dios. Porque el temor es un acto de adoración. Aquel que teme,  adora aquello que teme, y esto es incuestionable cuando su temor es trascendente. Toda la  adoración a Dios es frecuentemente expresada en la Escritura por  esta única palabra: “temor” (Mateo 4:10; Deuteronomio 6:13); y el Señor demanda esta adoración, este temor, solamente para Él (Isaías 50:12, 19). Aquello que tememos, aquello que es nuestro miedo y pavor, es nuestro dios (Lucas 12:4, 5) Si tu miedo está en otros más que en Él, le estás dando esa adoración que sólo se debe a Dios, a esas cosas, y esto es claramente idolatría.

8.      ESPERANZA. Aquello que hacemos nuestra esperanza, lo adoramos como dios. Porque la esperanza es un acto de adoración (y la adoración sólo se le debe a Dios). Es Su prerrogativa ser la esperanza de Su pueblo (Jeremías 17:13; Romanos15:13). Cuando hacemos otras cosas nuestra esperanza, les damos el honor que solamente se le debe a Dios. Es un abandono del Señor, la ´fuente de agua viva´, y poner cisternas rotas en Su lugar (Jeremías 2:13), adorándolas de esta manera como a Dios. Así hacen los católicos abiertamente, cuando a la virgen le llaman madre, así como a la cruz de madera, y a los santos difuntos los hacen su esperanza. Y así hacen otros entre nosotros, quienes hacen de sus obras religiosas (no de obediencia, sino de piedad mal enfocada, o enseñada por los hombres), su esperanza (cuando los hombres esperan así satisfacer la justicia de Dios, apaciguar el desagrado de Dios y procurar el cielo). Nada puede efectuar esto, sino aquello que es infinito (la justicia de Dios). Y esto tenemos solamente en y de Cristo. Por eso es llamado nuestra esperanza (1 Timoteo 1:1); “Nuestra esperanza de gloria” (Colosenses 1:27). Aquellos que hacen de su propia religiosidad, el fundamento de su esperanza—la exaltan en el lugar de Cristo y la honran como Dios.

9.      DESEO. Aquello que más deseamos, lo adoramos como nuestro Dios. Porque lo que es más deseado que todo, es el principal bien, al menos en la estimación de quien lo desea. Y lo que él cuenta como su principal bien,  eso lo hace su dios. El deseo es un acto de adoración—y ser lo más deseado, es esa adoración, ese honor, el cual sólo se le debe a Dios. Desear algo más, o tanto, como el gozo de Dios, es idolatrar ese algo, postrarle el corazón y adorarlo como Dios únicamente debe ser adorado. Solo Él debe ser lo único deseable para nosotros por encima de  todas las cosas. “Una cosa he demandado a Jehová (o deseado del Señor), esta buscaré; que este yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, Para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo.” (Salmo 27:4, 73:25).

10.  DELEITE.  Aquello en lo que más nos deleitamos y regocijamos, lo adoramos como Dios. Porque el deleite trascendente es un acto de adoración que sólo se le debe a Dios. Y esta afección en tal nivel y elevación, se llama gloriarse. Aquello que es nuestro deleite sobre todas las cosas, en eso nos gloriamos —y esta es la prerrogativa que el Señor demanda (1 Corintios 1:31; Jeremías 9:23, 24). Regocijarnos más en nuestra sabiduría, fuerza, riqueza, que en el Señor, es idolatrar esas cosas. Tomar más deleite en las relaciones, la esposa, los hijos, o en comodidades externas y en lugares, que en Dios, es adorarlas, así como deberíamos adorar solo a Dios. Tomar más placer en cualquier forma de pecado, impureza, inmoderación, o profesiones terrenales, que en los santos caminos de Dios, que en aquellos servicios espirituales y celestiales en donde podemos alegrar a Dios, es idolatría.

11.  CELO. Aquello para lo que somos más celosos, lo adoramos como Dios. Porque tal celo es un acto de adoración que sólo se le debe a Dios. Por lo tanto, es idolatría ser más celoso por nuestras propias cosas, que por las cosas de Dios: estar ansioso en nuestra propia causa, y descuidado en la causa de Dios; estar más apasionado por nuestro propio placer, intereses, o beneficios, que por las verdades, caminos, y el honor de Dios; estar más fervientes en seguir nuestros propios negocios, o promover nuestros propósitos, pero apáticos e indiferentes en el servicio de Dios; el contar intolerable para nosotros mismos ser vituperados, calumniados, o injuriados, pero sin manifestar indignación cuando nuestro Dios es deshonrado, o cuando Su nombre, Su adoración, o Su Honor son profanados, o Sus verdades, Sus caminos, o Su pueblo injuriados; esto es ser idólatra.

12.  GRATITUD. Aquello con lo que estamos más agradecidos, lo adoramos como a Dios. Porque la gratitud es un acto de adoración. Nosotros adoramos aquello por lo cual estamos muy agradecidos. Podemos estar agradecidos con los hombres, podemos reconocer la utilidad de los medios e instrumentos de Dios, pero si nos quedamos allí y no elevamos hacia Dios nuestros agradecimientos y reconocimientos —Si el Señor no es recordado como Él es digno, ya que sin Él todo esto es nada—es idolatría. Por esto el Señor amenaza a aquellos idólatras (Oseas 2:5, 8). Así, cuando atribuimos nuestra abundancia y riquezas a nuestro cuidado y a nuestra propia labor; nuestro éxito a nuestra prudencia y diligencia; nuestras liberaciones a amigos, medios, e instrumentos—sin mirar más alto—o no tanto a Dios como a estos, los idolatramos, les sacrificamos a ellos, como el profeta lo expresa (Habacuc 1:16). Atribuir eso, que viene de Dios para las criaturas, es ponerlos en el lugar de Dios y así adorarlos.

13.  Cuando nuestro cuidado y afán es más por otras cosas, que por Dios, esto es idolatría. Ningún hombre puede servir a dos señores. No podemos servir a Dios y a las riquezas—a Dios y a nuestros deseos—porque este servicio de nosotros mismos y del mundo, ocupa ese cuidado, ese afán, esos esfuerzos, que el Señor necesariamente debe tener, si es que le servimos como Dios. Y cuando nuestro tiempo y esfuerzos se presentan para el mundo y para nuestras pasiones, les servimos como el Señor debería ser servido—y así las hacemos nuestros dioses. Cuando somos más cuidadosos y nos afanamos por agradar a los hombres o a nosotros mismos, que en agradar a Dios—cuando somos más cuidadosos en proveer para nosotros mismos y para nuestra descendencia, que en ser serviciales para Dios; cuando eres más cuidadoso en cuanto a qué comerás, beberás, o vestirás, que en cómo puedes honrar y agradar a Dios; cuando eres más cuidadoso para hacer caso de la carne, para cumplir sus deseos, que en cómo cumplir la voluntad de Dios; cuando estas más afanado en promover tus propios intereses, que los designios de Dios; cuando eres más cuidadoso en ser rico, o grande, o respetado entre los hombres, que en que Dios pueda ser honrado y proclamado en el mundo; cuando eres más cuidadoso en cómo conseguir las cosas de este mundo, que en cómo emplearlas para Dios; cuando te levantas temprano, te vas tarde a la cama, comes el pan nutritivo para que tu estado exterior pueda prosperar, mientras que la causa, caminos, e intereses de Cristo tienen poco o nada de tus esfuerzos, esto es idolatrar al mundo, a ti mismo, a tus deseos, a tus relaciones, ¡mientras que el Dios de los cielos es abandonado! ¡Y la adoración y el servicio debidos sólo a Él quedan idólatramente dados a otras cosas!

El que hace a Cristo su principal objetivo, si en alguna manera, al fin, según la voluntad de Dios, halla al Amado de su alma—esto tranquiliza su corazón—lo que sea que le falte, lo que sea que pierda. Él cuenta eso como una recompensa completa por todas sus lágrimas, oraciones, luchas, pruebas, indagaciones, esperas, y esfuerzos.



Por tanto, amados míos, huid de la idolatría.”
1 Corintios 10:14

Por David Clarkson (1621-1686)
Traducido por Marco Antonio Barajas